Sin saber cómo,
nos dejamos de mirar.
Los días pasaban, nos buscábamos,
pero el hilo ya estaba roto.
Lo que tuvo sentido
quedó colgado
en las pinzas
de dos trozos de vida.
Nuestras orillas se alejaron
al paso de los días.
La grieta se volvió herida profunda:
nuestro planeta ya no giraba.
La estrella que nos daba nombre
se apagó despacio,
como si también
hubiese aprendido a irse.
Este amor se convirtió
en dos islas a la deriva,
empujadas a polos opuestos
por cada terremoto
disfrazado de desilusión.
Chocaron nuestras placas tectónicas,
y lo que fue hogar
es ahora un barco encallado,
esperando hundirse
y naufragar.
Tu luz se hizo sombra.
La soledad se apoderó
de aquella mirada
empeñada en alumbrarlo todo.
Mi voz se enmudeció.
Me volví monosílabo,
monotemático,
monofónico.
Espalda con espalda,
diez centímetros de huracanes.
El vacío nos abrazó.
Desapareció el aura.
Las galaxias nos encontraron
inconclusos,
incompletos.
Cada vez menos uno.
Cada vez más dos.