lunes, 6 de julio de 2026

El camino de la Franqueza

 Cazadores de rayos.

Vendedores de hipocresía.

Desde la primera mirada honesta

la mano que te tendieron vendías.


Envuelves con lazos rojos

los oídos de quien te escucha.

Predicas la verdad

pero tus actos cobardes

abrazan la crueldad.


Intentas seguir sincero

el camino de la franqueza

pero los demonios envidiosos

aniquilaron al ángel 

que dormía al lado de tu cabeza.


Ahora que caíste al bando vendido,

ahora que abriste las ventanas al rencor,

ahora que duermes con tu enemigo

ahora que el odio se viste de rumor,

susurras miedos, incapaz de pedir perdón.


Cuando la envidia se sienta a la mesa,

la amistad sale por la ventana.

Antes mirabas a los ojos,

las espaldas reposan silenciosas

como puertas que se miran frente a frente.


El tiempo transforma los halagos 

en ironías vestidas de cortesía.

Soflo miras de lejos

para aplaudir una caída.

 

El tren

Y así, sin darme cuenta, el tiempo pasa fugaz, subido en este tren que es la vida. Intento guardar en la memoria los paisajes que se escapan tras el ventanal, como si pudiera detenerlos con la mirada antes de que desaparezcan para siempre. Me refugio en las estaciones, en esos instantes en los que el viaje parece concedernos un pequeño descanso antes de volver a acelerar.

Las estaciones siempre están llenas de gente. Unos suben. Otros bajan. Algunos se sientan a tu lado durante una parte del trayecto y terminan formando parte de tus mejores conversaciones. Otros desaparecen para volver a encontrarse contigo unas cuantas paradas más adelante, como si el destino disfrutara cruzando caminos que nunca llegaron a romperse del todo. Y luego están los últimos. Los que se bajan para siempre. Curiosamente, casi siempre son los primeros que subieron al tren.

El tiempo nunca pide permiso. Tampoco ofrece explicaciones. Simplemente avanza.

Y un día, cuando decides levantar la vista del paisaje, descubres que ya has cruzado los cuarenta. El rostro empieza a reflejar el cansancio de demasiadas batallas silenciosas. Las canas dibujan sobre tu cabeza un mapa de preocupaciones. El cuerpo carga con algunos kilos de más y la energía ya no parece infinita.

Tienes dos hijos que llenan tus días de ruido, de abrazos y de agotamiento. Una mujer que un día dormía a tu lado y que ahora ocupa otro lado de la noche. Un trabajo que consume casi todo lo que eres y que te hace creer que resultas imprescindible, cuando la verdad es mucho más sencilla: bastarían unas horas para que alguien ocupara tu silla y el mundo siguiera girando exactamente igual.

Y entonces comprendes que llevas demasiado tiempo confundiendo lo urgente con lo importante.

Hace ya unas cuantas estaciones que los sueños se bajaron del tren.

No recuerdo exactamente cuándo ocurrió. Quizá fue un martes cualquiera. Quizá mientras pagaba facturas, hacía la compra o respondía un correo más. Nadie anuncia por megafonía el momento exacto en que deja de perseguir aquello que una vez le hizo levantarse con ilusión.

Simplemente sucede.

Los días empiezan a parecerse demasiado entre sí. Uno tras otro. Como traviesas de una vía que nunca termina. La rutina anestesia la conciencia. Nos evita pensar y, durante un tiempo, incluso agradecemos ese adormecimiento. Vivimos en piloto automático porque detenerse duele demasiado.

Pero… ¡ay de ti cuando despiertes!

Porque despertar siempre tiene un precio.

Puede que descubras que el mundo que creías tuyo ya pertenece a otros. Que tus hijos emprendieron su propio viaje hace tiempo y apenas queda el eco de sus risas recorriendo el pasillo de casa. Puede que vuelvas a encontrarte solo, frente al mismo espejo que llevabas años evitando mirar.

Y entonces comenzarás la búsqueda más difícil de todas.

La de ti mismo.

Abrirás cajones llenos de fotografías, cuadernos escritos con otra letra, canciones que un día fueron tuyas y que ya casi no recuerdas. Acariciarás un recuerdo como quien intenta comprobar si aún conserva el pulso. Buscarás entre las grietas de la memoria algún lugar donde todavía siga viviendo la persona que fuiste antes de convertirte en quien los demás necesitaban que fueras.

Descubrirás que eres más viejo.

Que eres menos optimista.

Que el tiempo ha limado muchas de tus certezas.

Soñar… quedará para otra noche.

Dormir de un tirón… para otro tiempo.

Y la ilusión… esa hace mucho que decidió bajarse del tren sin despedirse.

Sin embargo, mientras el convoy siga avanzando, siempre quedará una posibilidad.

Quizá en la próxima estación no suba una persona.

Quizá suba una conversación.

Un libro.

Una canción.

Una mirada.

Una decisión.

O simplemente el valor de volver a ser quien eras antes de olvidar tu nombre entre las obligaciones.

Porque el viaje nunca deja de sorprender a quien todavía mira por la ventana.

Y tal vez la mayor mentira que nos contamos sea pensar que ya hemos llegado, cuando, en realidad, aún quedan vías por recorrer.

Mientras el tren siga en marcha, siempre existirá una estación donde volver a empezar.


Quédate contigo

 Cuando tengas que elegir,

quédate contigo.

Todo lo que hagas, hazlo por ti.

¿Egoísta? 

Más bien amor propio.


Aléjate de tu yo interior

cuando te maltrate tanto

que el dolor sea más intelectual

y joda más que el mismo.

Respira profundo.


¿Cuando fue la última vez 

que descubriste un amanecer?

Permanecer inmóvil dejando correr el tiempo

escribir alguna reflexión sincera,

onanismo intelectual.


¿Dónde quedó la complicidad con tu mirada?

Resguárdate en tus raíces.

Muere para renacer al mismo tiempo.

La inocencia perdida, la voz callada,

el amor y su mentira disfrazada.


Desaparecieron las caricias de madre,

la piel duele, se mustia en soledad.

¿Cuantos abrazos quedaron perdidos?

Vacío de emociones,

castigado por sinsabores.


Desconfianza exponencial

al silencio cómplice del atardecer.

Llamaradas de lágrimas,

enfurecen ríos de fuego en tu interior,

tratando de dar sentido al amor.


martes, 26 de mayo de 2026

Corazón Noble

Hay hombres tan preocupados

por parecer hombres

que olvidaron cómo se comporta

un corazón noble.


Desde el error se crece más

que desde el éxito.

Desde las disculpas

se cimentan las fortalezas.

Desde el perdón 

se ventilan mejor las habitaciones del alma.


Equivocarse no supone fallar

cuando el esfuerzo deja huella en el error.

No hay humillación más profunda

que exhibir la propia ignorancia.


No hay luz más lúgubre 

que la de tu propia sombra.

Teme el día

que esa mácula te abandone.

domingo, 1 de febrero de 2026

Diez centímetros de huracanes.

Sin saber cómo,

nos dejamos de mirar.

Los días pasaban, nos buscábamos,

pero el hilo ya estaba roto.


Lo que tuvo sentido

quedó colgado

en las pinzas

de dos trozos de vida.


Nuestras orillas se alejaron

al paso de los días.

La grieta se volvió herida profunda:

nuestro planeta ya no giraba.


La estrella que nos daba nombre

se apagó despacio,

como si también

hubiese aprendido a irse.


Este amor se convirtió

en dos islas a la deriva,

empujadas a polos opuestos

por cada terremoto

disfrazado de desilusión.


Chocaron nuestras placas tectónicas,

y lo que fue hogar

es ahora un barco encallado,

esperando hundirse

y naufragar.


Tu luz se hizo sombra.

La soledad se apoderó

de aquella mirada

empeñada en alumbrarlo todo.


Mi voz se enmudeció.


Me volví monosílabo,

monotemático,

monofónico.


Espalda con espalda,

diez centímetros de huracanes.

El vacío nos abrazó.


Desapareció el aura.

Las galaxias nos encontraron

inconclusos,

incompletos.


Cada vez menos uno.

Cada vez más dos.

martes, 27 de enero de 2026

Aún queda dejarnos llevar

Aún quedan fotos vacías

en el carrete que queremos revelar.

Aún faltan momentos que secuestrar,

miradas para siempre, 

y caricias que tatuar.


Aún nos quedan bailes y risas,

canciones que nos representen

y conciertos que disfrutar. 

Atardeceres mirando al horizonte juntos,

y saborear la tranquilidad.


Aún nos queda cumplir sueños,

los tuyos, los míos, pero juntos los dos.

Nos falta un viaje a cualquier remoto lugar.

Nos falta tanto, 

que aún queda cuaderno por completar.


Aún nos quedan obras de teatro que disfrutar

y las nuestras propias por montar,

o monólogos de risas garantizadas, 

o los que hacemos propios

cuando nos queremos desahogar.


Aún nos queda tanto,

que entretanto se me olvidó 

recordar que sigo hechizado

por tu encanto natural,

entre tanta vida artificial.


Aún por pura imperfección,

por la química que reacciona

ante una física que imposible de formular.

Este “Te amo” es la emoción que va a explotar.

Solo queda seguir dejándonos llevar.

martes, 18 de noviembre de 2025

El silencio en mi habitación

Me faltaron Cinco minutos

para decir “Te Quiero”.

Solo cinco para volver a hablar contigo

y contarte cuanto te echo de menos,

cuanto han crecido los niños.


Cinco minutos

para volver a acariciar tus manos 

y sentir tu piel.

Me sobró una vida para pensar

que algún día te diría “te amo”.


Y ahora que no estás el tiempo 

se hizo mi peor enemigo.


El silencio en mi habitación 

es la locura al vacío,

desde que no estás aquí

viajo sin rumbo o destino.

No hago más que soñar y soñar, 

Y soñar me hace la vida más dura,

que tu ausencia mi corazón 

se quedó sin cobertura,

sin cordura


Me faltaron agallas para reconocer

que te iba a echar de menos.

Me faltó carácter 

o mas bien necesidad.

Esa que te obliga a cambiar

tu forma de respirar, 

tu manera de vivir,

el verbo abrazar.


Y ahora que no estás el tiempo 

se hizo mi peor enemigo.


El silencio en mi habitación 

es la locura al vacío,

desde que no estás aquí

viajo sin rumbo o destino.

No hago más que soñar y soñar, 

Y soñar me hace la vida más dura,

que tu ausencia mi corazón 

se quedó sin cobertura,

sin cordura


Y ahora 

quedo tras los recuerdos, 

de una tarde de lluvia

donde creí que todo era eterno

y pero en realidad huía 


El silencio en mi habitación 

es la locura al vacío,

desde que no estás aquí

viajo sin rumbo o destino.

No hago más que soñar y soñar, 

Y soñar me hace la vida más dura,

que tu ausencia mi corazón 

se quedó sin cobertura,

sin cordura

Veinte años

 Vuelve veinte años atrás… 

¿Qué le dirías a tu yo de entonces?

Siéntate a los pies de tu refugio. Enciende una vela y respira de nuevo el mismo aire que sobrevuela la atmósfera de ese lugar especial. Ese rincón escondido en lo más recóndito de tu alma, donde creciste y del que un día decidiste emigrar.

Veinte años es mucho. El tiempo se detuvo en la última vez. Como si de un truco de magia se tratara, enciendes el radiocasete y la música vuelve a flotar por tu cuarto. Aquellas melodías acarician tus oídos, el corazón acompasa los tarareos y se te va la garganta tras las canciones de entonces.

Han pasado tantas cosas que probablemente hayas cumplido sueños y sustituido otros. Es casi seguro que te habrás caído y levantado por igual tantas veces, y que lo que queda eres tú, aunque tu yo de ayer hace tiempo que dejó de estar.

También dejaron de estar otros tantos. Aparecieron las canas y las arrugas. La compañía y la amistad dieron paso a la soledad y a las preocupaciones. La introspección —a veces teñida de pensamientos depresivos y recurrentes— sustituyó aquel estado semi eufórico de entonces por una incertidumbre que no sabes si nace de la inercia de la vida o de una inestabilidad que nos tambalea hacia lugares más oscuros y abismos sin describir.

Veinte años que se fueron en un ratito… apenas un par de canciones y una siesta. Todo lo demás ha sido ruido. Pero un ruido, además, lastimoso y lamentable. De ese que se aloja al fondo del oído, al borde del tinnitus. El que llega sin darse importancia pero que finalmente duele. Que molesta, aunque no sepas bien si por tu frágil paciencia o por la incomodidad de algo tan persistente. Al fin y al cabo, no deja de ser basura auditiva. Ruido.

Y sin embargo… ahí sigues. En pie. Con ese rumor molesto, pero también con la obstinación de quien se niega a desaparecer del todo. Quizá no seas ya aquel muchacho del radiocasete, pero aún guardas en algún parpadeo la chispa que lo movía, aunque esté cubierta por capas de polvo y días iguales. Aunque los días se vistan con diferentes trajes todos tienen el mismo halo de monotonía decadente escondida entre las paredes del tiempo vivido.

Si te sientas frente a tu yo de hace veinte años, quizá descubras que no está tan lejos. Sigue allí, con la mirada limpia, esperando que alguien le diga que todo tenía un sentido. Que el vértigo que confunde con libertad en realidad se llama juventud, y que la incertidumbre no es sinónimo de fracaso, sino que forma parte de la vida..

Podrías decirle que no tenga prisa, que los sueños no se cumplen ni se sustituyen: se transforman. Que habrá días luminosos y otros en los que el mundo pesará como un saco mojado y cargado de piedras que tú nunca metiste. Alguien las depositó allí. Que perderás en ocasiones, sí, pero ganará otras. Y que, aunque la soledad se presente con demasiada frecuencia, nunca será absoluta.

Dile que cuide la música —siempre la música—, porque será el hilo que una lo que fuiste con lo que eres. Dile que el ruido de ahora no es un enemigo, sino un recordatorio: una llamada a parar, a escuchar con más atención aquello que todavía late bajo tanto estrépito.

Y dile, sobre todo, que no se tema a sí mismo. Que incluso en los años más duros, cuando la vida parezca una habitación llena de caos y gritos, él seguirá teniendo permiso para volver a encender la vela, dejar que el viento encare un nuevo destino, sentarse en su refugio y escuchar el eco de su respiración. Porque ese lugar, aunque lo haya olvidado, nunca dejó de existir: solo esperaba su regreso.

Y cuando termines de decirle todo eso —o quizá solo una parte—, mírate bien. Observa la forma de sostener el mundo, tan ligera, tan ingenua. No imagina las batallas que librarás, ni los silencios que aprenderás a interpretar, ni los nombres que desaparecerán dejando huecos imposibles de rellenar. Pero tampoco conoce las risas nuevas, los amaneceres que aún te esperan, las manos que te acompañarán.

Así, mientras le hablas, algo dentro de ti se recoloca. No es que el dolor se desvanezca —eso sería engañarse—, pero adquiere un nuevo lugar, un contorno menos amenazante. Como si, de algún modo, en la conversación con tu yo de entonces también hubieras encontrado una conversación contigo mismo.

Vuelve a encender la vela, aunque solo quede un resto diminuto en la mecha. Mira cómo tiembla la llama, cómo ilumina apenas unos centímetros de sombra. Ese pequeño temblor también eres tú: frágil, sí, pero aún capaz de alumbrar.

Y entonces lo entiendes. Los veinte años que te parecieron un suspiro no fueron solo ruido: entre tanto estrépito creciste, amaste, aprendiste a caer con más dignidad y a levantarte sin tanto alboroto. Te convertiste en alguien que, pese al cansancio y las dudas, sigue caminando.

Ahora levántate del refugio. Cierra los ojos un momento y respira todo lo que fuiste, lo que eres y lo que todavía puedes ser. No estás regresando al pasado: estás recuperando la fuerza para continuar.

Porque la nostalgia no es una cadena, sino un recordatorio. Y la esperanza, aunque tenue, siempre encuentra un resquicio por donde entrar para iluminar este cuarto donde a veces vuelves.!Incluso después de veinte años. Incluso ahora.

jueves, 9 de octubre de 2025

Luz de mi vida

Me quité la camiseta

y al rozar tu piel supe

que serías parte de mí para siempre,

como yo lo sería de ti.

Tus ojos rasgados,

tu piel intacta,

tu aroma a vida

se volvieron la chispa

que me impulsa a despertar cada mañana.


Seis años han pasado,

mi bebé se hizo niña,

como Cenicienta convertida 

en princesa de cuento.

Iluminas mi mundo

con tu sonrisa,

con tus sueños,

con el brillo de tu mirada

llena de pequeñas eternidades.


Respiras al compás de la música,

entre danzas, piruetas y juegos imposibles.

Tu inconformismo innato

te lleva a intentarlo una y otra vez,

sin rendirte.

Ojalá siempre sea tu lema:

volar, insistir, soñar.


Cuando dibujas, el mundo se detiene.

Con trazos sencillos inventas universos,

das forma a colores que antes no existían,

y pintas puentes invisibles

entre tu imaginación y la realidad.

En cada hoja de papel 

dejas un pedacito de ti,

y en cada dibujo descubro 

nuevas maneras de quererte.


Te pierdes en los cuentos

como quien abre una puerta secreta.

Escuchas cada palabra 

con los ojos muy abiertos,

y los personajes cobran vida,

saltan de las páginas 

y te acompañan en tus juegos.


Princesas, dragones, 

héroes y animales fantásticos

habitan tu mundo interior,

y con ellos aprendes

que todo es posible

si se sueña con el corazón.


Construyes mundos con tus manos,

inventas historias con tu risa,

y cada día me enseñas

que la maravilla está 

en los pequeños detalles:

el brillo de un lápiz,

el susurro de un cuento antes de dormir,

la magia de una pirueta que desafía la gravedad.


Sigo prometiéndome verte crecer,

seguir tus pasos y tus vuelos,

acompañar tus risas y tus silencios,

y guardar cada instante

como un tesoro que será nuestro para siempre.

Desde que llegaste,

nada importa más que tu luz,

tu alegría, tu curiosidad infinita,

y la certeza de que cada día a tu lado

es un regalo que quiero celebrar

una y otra vez,

para siempre.


viernes, 26 de septiembre de 2025

Memoria en Ruinas

En blanco y negro gira la mirada,

ruinas sobre ruinas se levantan,

ruina de hombres,

memoria en ruinas, ruina de esperanza,

runas de guerra y de hambre grabadas.


La vida engendra a la muerte,

la muerte siembra batallas,

la guerra consume la vida.

Si Dios existe, qué farsa sagrada:

que abra su ventana y mire la desgracia.


La lucha no era este fuego,

el sacrificio no era de sangre.

La verdad arde en el pecho,

y el dolor, nunca sana en balde,

con un pañuelo blanco ondeando al aire.


Tanta verdad se oculta en la mentira

que ninguna se distingue ya,

pues la primera,

por siempre manchada,

se disfraza de duda envenenada.


Suenan ráfagas al viento,

se alza el polvo,

cuerpos caen a la tierra,

y niños, sin consuelo,

pierden alma y tiempo.


Cuando se desarme el conflicto,

olvidarás tus miedos,

guardarás tus recuerdos en sombras,

y en un sofá sin rumbo

seguirás la farsa del destino incierto.


Pero habrá quien recuerde

una tierra, una familia,

mientras arrancaron de raíz su vida,

aún le quedará otra vida

que vivir en este nuevo día.


Con la amarga voz en la herida,

seguiremos contando lo vivido,

tejiendo en la memoria una salida,

alzando luz sobre el camino,

y haciendo de la vida un motivo.

El camino de la Franqueza

 Cazadores de rayos. Vendedores de hipocresía. Desde la primera mirada honesta la mano que te tendieron vendías. Envuelves con lazos rojos l...