Y así, sin darme cuenta, el tiempo pasa fugaz, subido en este tren que es la vida. Intento guardar en la memoria los paisajes que se escapan tras el ventanal, como si pudiera detenerlos con la mirada antes de que desaparezcan para siempre. Me refugio en las estaciones, en esos instantes en los que el viaje parece concedernos un pequeño descanso antes de volver a acelerar.
Las estaciones siempre están llenas de gente. Unos suben. Otros bajan. Algunos se sientan a tu lado durante una parte del trayecto y terminan formando parte de tus mejores conversaciones. Otros desaparecen para volver a encontrarse contigo unas cuantas paradas más adelante, como si el destino disfrutara cruzando caminos que nunca llegaron a romperse del todo. Y luego están los últimos. Los que se bajan para siempre. Curiosamente, casi siempre son los primeros que subieron al tren.
El tiempo nunca pide permiso. Tampoco ofrece explicaciones. Simplemente avanza.
Y un día, cuando decides levantar la vista del paisaje, descubres que ya has cruzado los cuarenta. El rostro empieza a reflejar el cansancio de demasiadas batallas silenciosas. Las canas dibujan sobre tu cabeza un mapa de preocupaciones. El cuerpo carga con algunos kilos de más y la energía ya no parece infinita.
Tienes dos hijos que llenan tus días de ruido, de abrazos y de agotamiento. Una mujer que un día dormía a tu lado y que ahora ocupa otro lado de la noche. Un trabajo que consume casi todo lo que eres y que te hace creer que resultas imprescindible, cuando la verdad es mucho más sencilla: bastarían unas horas para que alguien ocupara tu silla y el mundo siguiera girando exactamente igual.
Y entonces comprendes que llevas demasiado tiempo confundiendo lo urgente con lo importante.
Hace ya unas cuantas estaciones que los sueños se bajaron del tren.
No recuerdo exactamente cuándo ocurrió. Quizá fue un martes cualquiera. Quizá mientras pagaba facturas, hacía la compra o respondía un correo más. Nadie anuncia por megafonía el momento exacto en que deja de perseguir aquello que una vez le hizo levantarse con ilusión.
Simplemente sucede.
Los días empiezan a parecerse demasiado entre sí. Uno tras otro. Como traviesas de una vía que nunca termina. La rutina anestesia la conciencia. Nos evita pensar y, durante un tiempo, incluso agradecemos ese adormecimiento. Vivimos en piloto automático porque detenerse duele demasiado.
Pero… ¡ay de ti cuando despiertes!
Porque despertar siempre tiene un precio.
Puede que descubras que el mundo que creías tuyo ya pertenece a otros. Que tus hijos emprendieron su propio viaje hace tiempo y apenas queda el eco de sus risas recorriendo el pasillo de casa. Puede que vuelvas a encontrarte solo, frente al mismo espejo que llevabas años evitando mirar.
Y entonces comenzarás la búsqueda más difícil de todas.
La de ti mismo.
Abrirás cajones llenos de fotografías, cuadernos escritos con otra letra, canciones que un día fueron tuyas y que ya casi no recuerdas. Acariciarás un recuerdo como quien intenta comprobar si aún conserva el pulso. Buscarás entre las grietas de la memoria algún lugar donde todavía siga viviendo la persona que fuiste antes de convertirte en quien los demás necesitaban que fueras.
Descubrirás que eres más viejo.
Que eres menos optimista.
Que el tiempo ha limado muchas de tus certezas.
Soñar… quedará para otra noche.
Dormir de un tirón… para otro tiempo.
Y la ilusión… esa hace mucho que decidió bajarse del tren sin despedirse.
Sin embargo, mientras el convoy siga avanzando, siempre quedará una posibilidad.
Quizá en la próxima estación no suba una persona.
Quizá suba una conversación.
Un libro.
Una canción.
Una mirada.
Una decisión.
O simplemente el valor de volver a ser quien eras antes de olvidar tu nombre entre las obligaciones.
Porque el viaje nunca deja de sorprender a quien todavía mira por la ventana.
Y tal vez la mayor mentira que nos contamos sea pensar que ya hemos llegado, cuando, en realidad, aún quedan vías por recorrer.
Mientras el tren siga en marcha, siempre existirá una estación donde volver a empezar.