lunes, 28 de enero de 2013

Rojo Ferrari

Fue hace unos setecientos treinta y un días cuando la conocí. De entonces recuerdo algunas cosas. Hacía frío y como cada sábado por la noche, corrí a refugiarme a la barra de un bar. En aquella ocasión, tocó uno de los garitos de moda de la ciudad. Entré con mis amigos y buscamos una ubicación cómoda. Suele ocurrir cuando vas a un garito de nuevas que tienes que encontrar, ese sitio dónde se alinean los astros para poder sentirte como en casa, en nuestro caso nos dirigimos al fondo del local, donde apenas la luz llegaba. Todo era tenue, nos hacía sentir bien. Risas, charlas, confesiones y como siempre un vistazo alrededor para ver que mujeres nos rodean. Esto que acabo de decir sonará machista, pero los hombres somos muy básicos y necesitamos un aroma femenino cerca para que nuestra existencia cobre un sentido. Allí estaban ellas. Entre voces, bailes y sus disfraces de películas. No recuerdo de que iba cada una, no recuerdo nada a decir verdad, excepto una cosa, la recuerdo a ella. Su pelo corto, su sonrisa sincera y sus ojos brillantes que se escondían tras el mono de color crema de Los Cazafantasmas, cargada de una mochila y una pistola. Con todos estos ingredientes la noche se presentaba de lo más graciosa, y he de confesar que así fue. De fondo, como banda sonora mil canciones irreconocibles a nuestros oídos ahora mismo. El único sonido que recuerdo, su risa, su melodiosa voz. Algo iba a ocurrir, y vaya si ocurrió.

Probablemente las conversaciones que tuvimos serían de las más recurrentes, seguro que sí, aunque de todas destacó una. Me confesó, bajito y al oído, que era su cumpleaños ¡En que hora me dijo nada! En esas situaciones suelo ser bastante cabrón y me lanzo rápidamente a cantar el Cumpleaños Feliz, para que todo el mundo sepa que estamos de celebración y que sepan quien cumple años. Éramos los invitados de honor a un cumpleaños al que no habíamos sido invitados y ninguno teníamos regalo, aunque nos integramos fácilmente entre ellas. Es cosa de nuestro encanto personal. Somos buena gente, aunque ellas también tuvieron gran parte de culpa. De entre todas las chicas que estaban, había algo en ella que me llamaba poderosamente la atención. Tres copas después nos citamos en una discoteca que cerraba más tarde, y allí sin esfuerzo y con ganas de volver a verla acudí junto con mis colegas a nuestra cita. Desde luego que hemos perdido todo el romanticismo de antaño. Somos la versión 2.0 de los antiguos caballeros. Aunque ahora ya no recitamos poemas, ni rondamos tras las rejas de las casas de los padres. Ahora todo ocurre en los peores antros a las peores horas.

Dice Ismael Serrano que la noche debilita los corazones y así fue. Más copas, más jaleo, más cánticos de los temas del momento a voz en grito y el centelleo de los luceros de su cara me iluminó. Me acerqué hipnotizado por ellos. La cogí por la cintura y la miré con intensidad a los ojos. Tal fue la fuerza que me sumergí en ella, me introduje en sus recuerdos. Cuando me quise dar cuenta, la estaba besando. Sus labios me acariciaron, sus manos me tocaron, y yo descarado, agarré su trasero deseando que fuese completamente mía. Entonces no nos importó nada de lo que ocurría alrededor, solo que aquel beso se hiciese eterno y que la noche no se acabase. Por un momento sentí que se encendía la pistola de su disfraz y que me colaba a través de ella en la mochila para acabar con el resto de los fantasmas que habría cazado otras noches. No recuerdo si nos intercambiamos los teléfonos antes o después, pero lo hicimos. De nuevo nos besamos con la promesa de vernos otra vez.
  
Si algo considero que me inculcaron mis padres, son los valores y llevo toda la vida intentando respetarlos. Por ello siempre intento cumplir mis promesas, y así lo hice, llamé a su móvil. Antes, cuando era más joven, me ponía nervioso. El hecho de que no hubiese tantas nuevas tecnologías y tuvieses que llamar a una casa extraña con el riesgo de que quien iba a coger el otro auricular era el padre o la madre, aceleraba el corazón del francotirador más preciso de cualquier ejercito del mundo. Aquello era un riesgo que merecía la pena correr. Ahora todo es más fácil, y quizás hasta más frío. Recuerdo que era martes, que la noche era fría. Desde el otro lado del teléfono accedió a volver encontrarse conmigo.

Pasó el día y a medida que pasaban las horas el trabajo cada vez me importaba menos. Llegaron las ocho de la tarde si no mal recuerdo, pasé a buscarla y allí estaba ella. De entre los cubos de basura, vislumbre a una hermosa joven. Esa vez no vestía de mono, ni cargaba una mochila atrapa-fantasmas donde poder esconderme en caso de que no le gustase lo que un servidor ofrecía. Esa vez estaba preciosa. Subió al coche, la besé y nos perdimos en la noche. Por aquel entonces, en la radio sonaba, un entonces desconocido Pablo Alborán, que cantaba aquello de "Solamente tú". Siempre he sido bastante melancólico, musicalmente hablando. No siento rubor al confesar aquí que de esa parte de mí ser tiene gran culpa mi madre, aunque si no me gustase a mi también no seguiría escuchando ese tipo de música. Soy melómano por naturaleza, y descubrí a los pocos minutos que ella también. Nos fuimos al típico bar tranquilo a descubrirnos un poco más. Pedimos dos refrescos, después a salieron a la palestra las conversaciones recurrentes cuando conoces a alguien una noche. Nos llenamos de tópicos y la mesa se cubrió de los "estudias o trabajas", de los "eres de aquí", del "que música te gusta". Seguimos besándonos, mimándonos las pieles, seguimos mirándonos a los ojos. Y así fueron pasando los días. Mensajes, llamadas, encuentros, más copas y más nosotros.

De repente, una mañana sentí un crujido de corazón. Algo no andaba bien, y todo empezó a ir al revés. Se había soltado la correa del motor y no podía seguir avanzando. Seré sincero. Primero porque quiero, después porque se lo debo y porque si alguien se merece leer la verdad de las cosas son ustedes. De nada sirve tener engañado al lector porque tarde o temprano todos nos quitamos las caretas y descubrimos la verdad de nuestras miserias. Un servidor había pasado por una truculenta historia que había dejado hecho trizas cualquier organismo vivo de ese pequeño lugar donde se guardan los sentimientos. Mi corazón estaba herido, casi de muerte y sus latidos eran inciertos. No sé si conocéis la sensación de caminar en el filo del precipicio, sin cuerda y mirando hacía abajo, para engordar aún más si cabe el estado vertiginoso. Aquello fue precisamente lo que me pasó. Me empezó a doler el músculo y viejas heridas se reabrieron. A ellas asaltaron las dudas como los piratas saltan a los barcos en busca de tesoros.
 
Era sábado de un mes de Febrero, las cuatro de la tarde, el cielo se teñía de gris y apenas había pasado un mes desde que la conocí. Emulándola en aquella noche en que la vi por primera vez, me disfracé con el traje más triste que un hombre se puede poner, el de bastardo y cobarde. La dejé un mensaje y un poema para olvidar. No fui capaz de decírselo a los ojos. No tuve cojones. Siento que pagó una deuda que no era la suya. Hoy me arrepiento de aquello. Solo espero que con la distancia y el tiempo me haya perdonado. Agaché la cabeza en mi agujero y dejé que la tormenta pasase. Aquel poema decía algo así.


Perdóname,
pero no soy quien nació para hacerte sonreír.
Las palmas de mis manos están más frías de lo normal
y mis caricias encienden las heridas de la piel en lugar de sanar.

Perdóname, pero no encuentro las fuerzas
para levantarte cuando te caigas, mi corazón late despacio
y sus caricias me indican que quizá
no sea el momento para hacer un sentimiento eterno.

Perdóname, pero has de volar al siguiente árbol
y yo debo quedarme aquí, sereno...
Mis alas no tienen la fuerza suficiente para guiarte en este recorrido.
No quiero manchar el blancor de tu alma.
No quiero hacerte daño, eres quien menos lo merece.
Mi corazón es pequeño y tú
eres un gigante que no conseguiré alcanzar
ni en el mejor de mis sueños.

Perdóname, porque tu tiempo
es tan valioso como el mayor de los tesoros
y yo no valgo ni tan siquiera
el candado que lo encierra dentro de ese hermoso cofre.

Mi lugar no está entre tus rubíes ni tus diamantes sin pulir,
y mucho menos entre las riquezas que se encuentran alrededor de ti.
Mi destino es tan sólo vivir y el tuyo es encontrar alguien
que te entregue su mejor sonrisa y que esté dispuesto a hacerte feliz.

 
            Algo parecía que se moría en mi interior, y no estaba dispuesto a arrastrarla conmigo. Durante aquel mes de idas y venidas, había algo que me había demostrado y era que se merecía todo, que aún hoy se merece lo mejor que la vida puede deparar a un humano. De lo que estoy seguro es que un corazón dolido no sería lo mejor para ella. No imagino su rostro, pero estoy convencido que su corazón comenzó a latir aceleradamente, y que sintió un pequeño pinchazo similar al de una espina en la yema de las manos cuando robamos una rosa. Posiblemente una lágrima. No la veo llorando por fuera, pero por dentro el corazón se humedeció del cristalino de sus ojos seguro. El sueño se desvaneció, la noche se apoderó de todo. Aún retumban los ecos de mis pensamientos. Lo siento.

            Pasaron los días imprecisos, y nos olvidamos uno de otro. Algún mensaje recurrente, un "Hola, ¿Qué tal?", otro "A ver si quedamos", y el típico "Nos debemos una copa". Nada. Antes dije que intento cumplir mis promesas, y así es, pero todos sabemos que hay algunas palabras que se las lleva el viento, y acaban enterradas por el tiempo. Así es y no debemos arrepentirnos y sentirnos mal por ello. Son mentiras piadosas. Alguna vez nos vimos fugazmente. Yo salía de una discoteca playera y ella bajaba de un autobús.

La casualidad quiso que nos encontrásemos a unos cuatrocientos kilómetros de donde nos conocimos. La sentí como un espectro, pero no por ella. Probablemente tuviera más que ver las copas de aquellos bares de Gandia que aquella noche tragué. La borrachera que abrazaba mi cuerpo por dentro era más propia de una posesión demoníaca que de una noche de farra hasta bien entrado el amanecer. Probablemente si aquella mañana me hubiese tirado en la playa a tomar el sol mi cuerpo habría estado ardiendo varias noches. Me agradó verla entonces, aunque tuviera la cara cansada. Seis horas de autobús en plena noche y varios días preparando finales tenían la culpa. Así pasó el verano y con él, el calor para vestir el suelo con una falda de ocres hojas de otoño, esperando a que el frío se volviera a abrazar a nuestros cuellos en invierno. Las bufandas y los guantes se hicieron parte de la piel.

            En todo ese tiempo, probablemente ambos viviésemos otras historias. Yo al menos así lo hice, no debo negarlo, sería de necios. A veces somos tan terriblemente humanos que nos seguimos sorprendiendo. Ella probablemente hiciera lo mismo. Los celibatos se hicieron para los curas y aún así ni los mensajeros de Dios en la tierra los respetan porque a menudo nos gana más el placer que la devoción. Ocurre que nos gusta más el sexo que la religión, y que habitualmente lo prohibido, lo imposible causa mas erotismo que lo legal.

Así pasaron los cuatrimestres de su carrera y ella siguió dando saltos en la misma, creciendo, dejando atrás asignaturas y exámenes aprobados. Tardes de biblioteca y cervezas al vivo ruido de la “cafeta”. Yo, por mi parte, me emancipé. Salí del cobijo que ofrece la casa de padre y madre. Abrí una nueva ventana al mundo. Entró aire fresco. Las polillas volaron y se ventiló aquella morada donde se había detenido el tiempo años atrás.

Empecé a vivir de nuevo. Nuevas ilusiones, nuevos retos, nuevos días, un sol radiante y nuevas intenciones. Mi visita al taller había surtido efecto. Me compré un corazón rojo Ferrari y se lo puse a mi pequeño seiscientos. Busqué un corazón de segunda mano para no olvidar que la vida es más compleja de lo que creemos pero más sencilla de lo que nos la hacemos. Y sí; he de decir que lo encontré. Un poco de chapa y pintura, y a lucir mis nuevos argumentos bajo los primeros rayos de luz de la primavera. Sólo esperaba una silueta femenina para lucir orgulloso mi vintage y descapotable sentimiento.

Las flores lucían hermosas en los parques. Los aromas vestían el centro de nuestra ciudad. Tanto la decoración como el atrezzo eran más propios de televisión que una ciudad viva y en movimiento. Perfecto, así era todo lo que estaba pasando en estas calles. Los días de primavera en Alcalá son obras de arte en las que los lienzos de cada uno de sus rincones nos absorben, en la que somos despistados protagonistas e ingenuos a todo lo que sucede a nuestro alrededor. Esos momentos pasan cruelmente desapercibidos por nuestros sentidos. Uno de esos días, inevitablemente se tornaron en noche, y con la noche los demonios se escapan a los infiernos, a las barras de los bares.

Todo ocurrió de manera espontánea. Un partido de fútbol, tres amigos y un jueves nocturno por delante. Descubrimos un garito, un antro escondido en uno de los rincones más hermosos de la ciudad complutense. Uno de los patios del antiguo barrio judío escondía sobre sus angostas piedras un sitio con un encanto especial. El ambiente era grato. Aquella taberna típica irlandesa sería testigo de nuevas rutinas, de nuevas historias y nuevas risas. Los jueves locos se hacían llamar para los clientes. Casualmente el tiempo, el destino, o Dios, si existe Dios, quisieron que aquel grupo de amigas que una fría noche de Enero del año anterior estaban en la discoteca de moda, también frecuentase el mismo pub. Pregunté por ella, aunque no tardaría en ocurrir que uno de aquellos innumerables jueves llegase. Así pasó, el tren volvía a la estación, aunque en ese momento no sabía si sus puertas se abrirían para invitarme a un viaje. El caso es que allí estábamos de nuevo. No sé cómo se sentiría ella, pero si sé es como me sentía yo. Feliz. Probablemente no tiene sentido, aunque así era, porque me recibió bien, y hablamos. Hablamos tanto que tuvimos que beber, y cuanto más bebíamos, nuestras lenguas más ávidamente se movían. No pude evitar acordarme del traje de caza fantasmas, ni de otras cosas de la primera vez. Nos reímos, tanto que recuerdo arcadas de tanto hacerlo; las recuerdo porque me he olvidado de más detalles por la ingesta alcohólica que cubría por dentro mi cuerpo. Cervezas, pintas, chupitos y copas. Fue un rato grato aquella noche. Nos pusimos al día. Ordenamos el año y medio de retraso que llevábamos, y cumplimos con las promesas esas que nunca se cumplen. Aunque fuera por accidente. Se fueron sucediendo los acontecimientos. Visitó mi nueva casa, nos fuimos de cañas, compartimos cumpleaños de amigos. Nos escribíamos y nos hablábamos más que antes. Nos descubrimos. La descubrí.

El caso es que puse a prueba mi nuevo corazón rojo Ferrari. Quería que todo fuese perfecto, y para ello que fuese despacio. Necesitaba una precisión de cirujano para encontrar un final feliz a este cuento. ¿Por qué me compraría el corazón más rápido si quería ir contemplando el paisaje? Será ese pequeño toque arrogante que de vez en cuando asalta mi cabeza. Así se pasó el verano. Los jueves de risa, los sábados de coincidencias. Hasta que la invité a cenar. La fecha, inolvidable. 15 de Septiembre. He de confesar que me costó convencerla, ella reticente a mi propuesta, declinó la propuesta varias veces. Yo persuasivo, no se sí la convencí, pero al menos conseguí que de su boca saliera un "sí". Los días anteriores a ese momento, de mi boca quisieron salir besos que mi fuerza de voluntad dejaron incompletos, porque sentí que no era el lugar ni el momento.

Pasé a buscarla por su casa. Irónicamente me acordé del mes de Febrero cuando la recogí allí por última vez. Que curioso es el tiempo y que graciosa la vida. Se toma la justicia por su mano. Ella bajó preciosa, al menos a mi me lo pareció. Por mi mente pasó un pensamiento del corazón: "Cuidado chaval, te estás enamorando". Ya lo dijo Sabina en "Y nos dieron las diez". Se sentó en el asiento del copiloto, y dejó que la besase, en la mejilla. Las dudas nos condujeron por las calles y tras varias minutos sobre que dirección tomar aceleré. No sabía si se merecía más una Trattoria Italiana o algo más casero cocinado por mis manos. Opté por lo segundo. Lo creí lo más cómodo para ambos. Di una vuelta completa a la rotonda y volví dirección al centro comercial más cercano. La cosa no empezó con muy buen pie cuando, como a la Cenicienta, se le rompió la sandalia que llevaba puesta, aunque esta vez no había calabaza y carroza. Siempre me han gustado los cuentos de princesas y príncipes, siempre soñé con ser uno de ellos.

Unos pocos pasos después nos hallamos frente al mostrador de la pasta fresca dilucidando cual era la que más nos gustaba. He de reconocer que no soy un gran chef, pero la pasta se me da bien, aunque no hace falta ser un maestro para ella. El vino fue a mi elección. Todo transcurría por los cauces que debían o al menos así lo intuía. Volvimos al coche y nos dirigimos a mi piso. Eran los últimos días de verano. Las ventanas estaban abiertas y las notas de las canciones de Alejandro Sanz se escapaban por ellas buscando dormir en la cuna del cuarto menguante de luna que reinaba aquella noche.

Llegamos al garaje, y no lo voy a negar, la buscaba con los ojos, trataba de alcanzarla con las manos, mas de lo normal, tenía ganas de ella. Seguimos con nuestras infinitas conversaciones, en el ascensor. Dentro de aquel habitáculo tuve tentaciones de abalanzarme sobre sus labios y dar al Stop. Reprimí mis instintos más primarios, y pulsé el botón que debía llevarnos a mi planta. Abrí la puerta y nos pusimos rápidamente cómodos. Saque dos copas y descorché la botella de vino. Me apetecía cocinar para ella, quería que fuese especial e irrepetible. Preparamos la mesa con mimo, juntos. Encendí las velas con mi aroma favorito, vainilla. De entre muchas de nuestras conversaciones sabía que a ella también le gustaba aquel olor. Su mirada se hacía cada vez más grande. Derribaba a golpes mi corazón su forma de ser. Todo fue perfecto. Ella fue genial, aún hoy lo sigue siendo. Pasamos a los postres y de los postres al sofá con lo que quedaba de nuestras copas de vino de la cena. Prendimos la televisión y dispuse una película a su elección. No recuerdo cual era. No importaba. Hay veces que es más importante la compañía. Sólo sé que al lado estaba ella.

La noche se había comido al día y el reloj había pasado la media noche. De repente y sin pensarlo un millón de veces más, la besé. Me moría de ganas por hacerlo. Seguro que todos habéis sentido el estomago revuelto tras un beso. Seguro que sabéis de qué hablo. Quizás tengáis que remontaros a los quince años cuando recibisteis el primer beso, pero ese sentimiento tan humano, tan extraordinario, se repitió en mí. Una tormenta sin lluvia, una descarga eléctrica se acumulaba en mi corazón. El Ferrari se había acelerado, tanto que las revoluciones del motor salpicaban mi pecho y sacudían el suyo. Creo que se dio cuenta. Estoy seguro.

Mi sofá fue testigo de todo aquello, mientras nos besábamos, nos acariciábamos. Aquellas cuatro paredes supieron guardar el silencio de admiración que se merecen las grandes historias. Aquella lo era. Seguimos bebiéndonos la noche. Nos colmamos de besos. Me hubiese encantado que se quedase a dormir. Hubiese sido la culminación de la historia más bonita del mundo. Despertar junto a ella. Pero Dios y sus padres no lo dispusieron así. Hasta eso me pareció perfecto, porque demuestra unos valores excepcionales y la personalidad que, hoy por desgracia ya no se encuentra. La llevé a casa, y la despedí con un beso. Mientras volví a casa, saqué la cabeza por la ventanilla y grité. Lo sentí perfecto. Dormí hasta que me dolían los huesos de estar tumbado en la cama. Confieso que durante el día siguiente me asaltaron las dudas. No sabía si había sido buena idea. Llegué a creer que todo era un error, pero el tiempo pasó. Nos alejamos ligeramente. Quizá por miedo o por vergüenza, además yo marché a una de mis aventuras, aunque esto suene a escusa barata.

Me puse en ruta. Camino a Santiago. Mi peregrinaje tiene un alto porcentaje de superación personal y espiritual, y otro tanto de encuentro conmigo mismo. Necesitaba poner tierra de por medio. La prometí un regalo a la vuelta. Pero el regalo me lo hizo el corazón a mí. La echaba de menos, la añoraba. Cada momento en silencio, cada noche la recordaba, buscaba en mi móvil alguna de sus fotos. Me quedé con una en la que yo la abrazo por detrás y mientras ella está sentada en el suelo, y yo salgo poniendo caras. Siempre he sido muy pavo para las fotografías con la gente que me importa. Me gusta hacer sonreír y el típico chascarrillo que con el tiempo la gente hace de "Siempre estás haciendo el tonto". La noche me enseñaba la paz y el encuentro con un “yo” que necesito de cuando en cuando encontrar. Me sentaba en la puerta del albergue a contemplar el paisaje, a imaginarme sentado a su lado. Pensar en ella me daba ese puntito de fuerza que necesitaba para seguir mi sendero. Indudablemente aparecieron más y más versos para recordarte, desde allí te coroné princesa de mi reino. En uno de mis pensamientos te nombré Princesa de Septiembre. De aquellos momentos salió una reflexión.

 "Hay princesas que aparecen en Septiembre, vestidas de niebla y de abrazo, de mujer de sonrisa florecida cuando el otoño se empeña en ponerte el vestido ocre, cuando el silencio del frío empieza a comerle terreno al ruidoso verano. Tu sonrisa iluminará los días cortos de luz, mientras que yo te contemplaré desde la distancia esperando a que la noche no caiga eternamente. El brillo de tus ojos centelleará más que las estrellas y la Luna saldrá insomne y volátil a buscarte. Yo intentaré sujetarte; me gustaría pedirte que te quedases aquí, conmigo a mi lado, en la misma baldosa de vida y respirar la misma molécula de oxígeno que tú.

Pero mis dudas me asaltaran y se cubrirán de ligeros parpadeos entre el si y el no, entre el cielo y la tierra. Me gustaría que te quedases aquí, conmigo, porque aquella noche en que te vi, una runa se colocó de forma que me dibujó el futuro y allí pude verme contigo, entre jardines de rosas frescas, entre aromas de azahar, conquistando distintas ciudades y países, subiendo a la Torre Eiffel, y desde allí divisar a todos aquellos que un día nos robaron la alegría.

Nuestras carcajadas serán la banda sonora de un telefilme que acabará con una inmensa lluvia de pétalos sobre ti, y con el Sol entregado a todo aquello que soñé algún día y por supuesto a tus siluetas que será el mapa que dibujará el camino que debemos andar. Seremos fieles al norte e insensatos con el sur; seremos sonrisas con lágrimas porque al fin somos aire y yo quiero cruzar volando contigo el cielo azul."

Y como todo se acaba, a mi me tocó volver a casa. Alrededor, una idea. Confesarme ante ella, ser sincero conmigo mismo. Tres veranos antes me prometí serlo siempre, y debía cumplirlo. La llamé y quedamos. Debía darle los presentes que le traje de mi aventura. Debía darle algo más de lo que se escondía bajo mi armadura. La tarde transcurrió como si nada. Todo era normal, éramos ella y yo. Los mismos de siempre. La fui a buscar, esta vez caminando. Allí estaba en el parque con sus sobrinos correteando y con su madre haciendo de abuela. Se la veía tan hermosa. Tan entregada a la causa que juro que me dio pena llevármela de allí.

Paso a paso, caminamos hacia el centro de Alcalá. Nos tomamos algo, y de repente algo me empujó de nuevo. La besé. Mentiría si dijese que no lo tenía preparado. Mentiría si no dijese que lo había soñado. En ese momento conté lo que me estaba pasando por dentro, sin muchos rodeos. Como otros días y otros besos, mi confesión se hizo fuera de lugar y de momento. Palideció. Dejé de ser yo para convertirme en un fantasma. En ese momento esperé que de su bolso sacase la pistola y que me disparase su rayo láser para absorberme a su mochila y de ahí al contenedor de espectros. Entonces me sentí la nota del compás sonando a contratiempo. En ese momento me di cuenta que otra vez más no volvía a ser nuestro momento, y que esta vez era yo quien se debía comer el sentimiento. Mi Ferrari gripó en la segunda aceleración. Si en ese instante hubiese tenido un muro contra el que estrellarme, sin dudar lo habría hecho, porque aunque había vendido mi antiguo corazón, la matricula de mi viejo seiscientos seguía siendo la misma, y el conductor igual de ingenuo que antaño.

De nuevo el calor del verano dejó pasar al ocre de las hojas del otoño, y al frío en las manos que impiden que toque con ritmo el tambor del amor. Para mi desgracia, todo pasó y todo quedó en aquel sofá de mi nuevo salón. Para mi condena aún hoy su perfume de Emporio me besa sin ella entre los cojines de mi imaginación, elevándome a las nubes en aquel chaise-longue. Todo pasa por alguna fuerza desconocida, porque el destino es el único que conoce la razón. Ahora cada tarde, me siento en el andén, en el banco junto a Penélope, esperando a que llegue el próximo tren, en silencio y regalando la amistad más sincera que se puede tener, aunque hoy sea a mí a quien le toque perder. Tengo tantas historias guardadas, tantas cajas de sentimientos para guardar, que espero que la vida me sepa algún día recompensar. Una historia de amor, pero esta por lo menos acaba en la amistad mas sincera que se puede mostrar.

Para todos aquellos que os preguntáis como continuará la historia, os diré que no sé que va a pasar. Pero si sé que ella, seguirá siendo ella y que aunque el corazón no quiera que estemos juntos, le regalaré cada vez que me lo pida, un pellizco de amistad. Se ha convertido en alguien especial. No sé si sabréis a que me refiero, pero es esa persona que sabes que no quieres perder de tu lado jamás. Quizá algún día me atreva a continuar esta historia. Quizá mi corazón Rojo Ferrari se vuelva a acelerar. Quien sabe si algún día nos volveremos a encontrar.

sábado, 26 de enero de 2013

Enero

Que tu sombra no me distraiga.
Que las sonrisas den para vivir.
Que los más preciado
que tu corazón me traiga
sea un pedazo sincero de ti.

Que las mentiras saben mejor,
Acompañadas de besos de leche y miel.
Que las palabras queden en el corazón
al mudar un metro cuadrado de piel.

Que nadie te robe las ilusiones.
Que se vacíen de miedos escondidos
los poblados y apolillados cajones.
Que se queden anclados en el pasado,
que se los coman los ratones.

Que volemos sin levantar los pies del suelo,
Que tus labios sepan a dulce de caramelo.
Que nos mantengamos firmes al desespero,
que sigamos siendo dueños del verso primero.

Que el frío llegue cada vez que comienza Enero,
que la primavera florezca con el final de Febrero.
Que después del día caiga la noche,
y con ella de nuevo los reproches.
Que el ser humano sea un fantoche.

Que cada vez seamos más conscientes,
de que el pasado atrás quedó
por mas que sea reciente,
y que el futuro no llega
si no vivimos con la certeza
que nos obliga el presente.

Me cambiaré de corazón



Hoy para acabar el año me cambiaré de corazón como de chaqueta. Hay cosas a las que se les tiene apego pero cuando se trata de volver a respirar no queda otra que mirarse el ombligo y pensar que lo mejor que se puede hacer, es empezar de cero. Durante meses he vivido pensando en una utopía, pero cuando el pegamento de la tirita dejó de adherirse a mi piel y esta se desprendió mostró al aire una herida en la que aún se conserva sangre fresca, sangre que sigue viva y duele. Por ello, es el momento de empezar a caminar, y que mejor que hacerlo sin ti, sin tus sonidos desacompasados en el hueco de mi abdomen. 

Hay cosas difíciles, y en eso manda el olvidarse de los recuerdos, y mucho más cuando aún duelen, porque a pesar de que ya son varios meses sin besarte, las llagas de mis labios aún se sienten. Posiblemente tengas el honor de ser lo mejor y lo peor del año. Un año, que no sé muy bien si olvidar o recordar, porque si te recuerdo sonrió y te lloro por igual. Así de duro, así de descompensado me siento cada despertar. Los balances económicos se hacen cada fin de año, los del corazón cada vez que te lo rompen por la mitad, y al mío por desgracia, le volvió a pasar.

Te elegí, no sin dudas, pero es que estas cosas pasan como sin darse la importancia suficiente a que tenga que pasar, por eso estoy jodido, por eso me duele aspirar el mismo aire que tú alcanzas a respirar. Yo te elegí, y si, lo hice sin preguntar, de manera persistente, y quede seco como la hierba, cuando el caballo de Atila pasa fulminando cualquier atisbo de vida sin mirar atrás. Así de crudo es el amor, así de cruel la realidad.

Hay veces que siento que te marchas, y cuando te siento lejos, vuelves la vista atrás. Entonces yo acelero mi paso y corro para lograrte alcanzar. Tú sales corriendo, y así el cuento vuelve a empezar. El lobo no es tan malo, y tú, caperucita seduces a cualquiera sólo con tu forma de caminar. Es difícil de entender por ahora, pero más duro es asumir que el cielo nunca va a llegar, que vivimos el verdadero infierno con el simple hecho de nacer, inhalar un metro de aire y saber que hemos perdido media oportunidad. Ahí es cuando me doy cuenta, que late y late la bomba hasta que el detonador la silba y la hace explotar.

He estado buscando un corazón en el segundamano, para vender el mío, pero ya no se quien me lo puede comprar. He estado buscando una luz para alumbrar las sonrisas que ahora son más frágiles que el cristal, he estado buscando un te quiero frustrado por tanto esperar. He estado de aquí para allá pero llegaste igual que te vas, en silencio, a paso lento, arrastrando los pies, encadenando los míos a kilos de lastre para hundirme en el río de las lágrimas si intento flotar y seguirte vivo a tu lado. Te vas y lo haces sin atreverte a mirarme a los ojos, sin mirar más allá.

He buscado entre las hojas secas de este otoño las flores de primavera, pero no hallé más que un traje de pino esperando a vestir el sentimiento de funeral. He soñado tanto que de tanto soñar, el sueño se sintió por instantes real. Fueron cinco minutos, pero los sentí de verdad. Fue tu corazón el mío, fuimos una misma alma. Ahora somos una caja guardada en los recuerdos del desván.

Aquí me pudro entre polvo y malvas, entre cucarachas y polillas que marchan firmes y furiosas a trazar un estigma más en la piel que me queda por curar. Aquí me quedo anestesiado, en coma inducido, esperando a que otros labios y otros corazones me vengan a conquistar. Que rompan el hechizo de tu embrujo. Que el cielo se rompa cuando lo intente alcanzar, que sea infinito, que se haga realidad.

Limones



Todos somos un poco limones. Si, piénsalo bien. Somos limones desde el mismo momento en que estamos en el vientre de nuestra madre, porque para nosotros no fue amargo ser uno de los espermatozoides de mi padre. Para los hombres, esos bichitos que se acumulan en sus testículos, en sus cojones, o en sus huevos, son motivo de orgullo y júbilo por todos sus iguales. No amargan ni cuando caen al vacío en forma de autocomplaciencia, ni cuando chocan con el gorro de látex que protege su cabeza de lluvias ácidas e innecesarias, y mucho menos cuando inician la carrera en su búsqueda del fin del camino, en su choque contra una pared que en todos los documentales nos la pintan de acolchado color rosa. Ahí, en ese campo fértil es donde crecemos y empezamos con el amargo gusto de limón que nos va a acompañar durante toda la vida.

Cuando estamos desarrollando forma humana en el vientre de nuestra madre, nos empeñamos en amargarle el gusto por las comidas, para placer del suelo o de los váteres, todo depende de donde se le ocurra verter la ingesta que nuestra simple presencia en su cuerpo ha provocado. Otras veces, las menos, también nos disfrazamos de antojo. Quizás de primeras seamos un bocado dulce (aunque le dé por comer boquerones en vinagre a las 4,18 de la mañana, a una embarazada el antojo le sabe a azúcar) pero la amargura viene después, y retumba en nuestros ojos casi tanto como en nuestros oídos. Y es que ni el ginecólogo ni la báscula, y mucho menos las medidas de cantidad engañan cuando te has pasado casi trece kilos. Ahí comienza el ligero sabor a limón de nuestras madres. Ellas que siempre han sido perfectas, ellas tan delgadas, tan guapas, tan estrechas (de caderas), ahora no ven más que una bola negra de billar cuando se desnudan frente al espejo. Siempre tan coquetas, ahora se sienten más bien croquetas.

Los días pasan de treinta en treinta y uno, y así los multiplican por nueve, y el primer círculo vital se cierra y hay que recoger los frutos de la primera cosecha. Dolores, contracciones, insultos y ardores. Las sábanas se tiñen de un rojo caleidoscópico y ahí estamos, llorando, gritando o gimoteando, o todo a la vez. Una voz más para seguir ensordeciendo a nuestros vecinos del mundo, una boca más que alimentar, a veces una sonrisa, otras un disgusto para decepción del espectador de nuestro show. Cuando somos niños es divertido despertarse a las cinco de la mañana y ponerse a gritar sin que nuestros padres entiendan nada.

Este vicio lo mantenemos a pesar de los años, lo que pasa que a partir de los dieciséis ya saben lo que nos pasa. Se mezcla el pavo adolescente, con la pánfila actitud de adulto sumiso, junto con una bomba de alcohol, drogas y primeras experiencias sexuales. Eso no se nos olvida. Todos estamos predestinados a pasar por ello, y por desgracia nuestra memoria alcanza lo suficiente para no olvidarse de nosotros y recordarnos que somos un reguero de polvo que se va deshaciendo por el ácido del limón que recorre nuestro organismo, de rojo y monóxido de carbono. Brillante y fugaz por igual. Nos olvidamos del dulce de leche y el relleno de chocolate de la barra de pan al merendar. A partir de cierta edad la nata nada más que se monta cuando a la manga le da la gana erigirse reina pastelera.

Y así se va pasando nuestra vida. Somos ácidos, y dependiendo de para qué y con quien nos enfervorizamos más y más. A veces nos cortamos, para servirnos en rodajas dentro de un refresco, y otras nos dividimos por la mitad para acompañar una paella llena de granos insípidos a los que nos empeñamos en acompañar para amargarle la comida a otros.

A menudo nos pasa que nuestras lágrimas y los arrepentimientos tienen la manía de llegar tarde a la cita que tienen con nuestros actos. Pero como ya te conté al principio, es nuestro sino, y si, somos limones, es probable que no tan amarillos como los chinos, pero si menos amables y más indigestos. Da mucho por culo no ser complacidos, pero nos encanta ser nosotros quien lleve la voz cantante, ser quien la metamos por detrás, rasgando, arañando, dolientes. Nos deja un regusto que nos obliga a fruncir el ceño, y a pasarnos la sinhueso por encima del labio sintiendo el picor de la las glándulas de la lengua, aliviados por notar como se descongestionan nuestros orificios nasales. Siempre hay remedios caseros para seguir viviendo desconectando de las rutinas, recogiendo la tristeza en ruinas.

El limón tiene esa propiedad capaz de mezclarse con la miel para sanar resfriados, o capaz de mezclarse con la heroína para matar al yonki de tres al cuarto. Esa bifaz es tan sugerente como su piel rugosa y brillante sólo es cuestión de elegir el momento justo y el camino coherente. Sólo el tiempo pone a cada uno en su sitio, y si debemos pochar nuestra piel así será, como si debemos refrescar y acariciar otras pieles lo haremos sin dudar. El limón vive para amargarle la vida al que quiere con él disfrutar.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Ahora que se acaba el mundo

            Ahora que el mundo se nos acaba, o eso al menos predijeron los Mayas, Nostradamus, y otros tantos visionarios más entre los cuales incluyo a mi vecino del segundo. Ahora que todos los periódicos dicen que los políticos siguen robando y que el paro no baja y que las noticias no hablan de nosotros mas allá de las tasas del paro, de la deuda pública y el rescate financiero, nosotros giramos la cabeza a otro lado y yo, por mi parte no voy a ser menos, meto la cabeza (la de arriba) en mis vivencias y las cosas que me quedan por hacer.

            Esto de vivir no ha estado mal. Lo he hecho placenteramente, no se puede decir que haya sido triste ni desdichado, algunos de ustedes eso sí pensaréis que he sido un poquito desgraciado (los que me leéis por herir mi ego no se si con la cara llena de babas de envidia). Eso si, no seáis peyorativos que me jode, que estos diez escasos días que nos quedan hay que tomárselos con sorna. Cuando veáis mi ataúd pasar por delante de vuestra puerta, en ese momento podréis esbozar una sonrisa o derramar alguna lágrima. Si lloráis que sea de tristeza, habréis perdido a uno de vuestros peores enemigos. Pero no porque haya sido terroríficamente malo con ustedes, sino porque he pasado de las afiladas críticas como de meterme una barra de acero ardiendo por cualquier zona erógena de nuestro pálido cuerpo.

            Creo que tampoco hubiese estado demás, haber sido un poco más arriesgado. Lo reconozco, me gusta la vida cómoda. Todo lo que sea disfrutar de un buen yantar, de mover el paladar, de beber y de cantar, y alguna cosa mas de la primera conjugacion verbal, me atrae. La vida ha estado llena de buenos momentos, y seguro que alguno de ellos lo he vivido contigo. Conversaciones alrededor del puchero de mi madre. Todos los que los habéis catado sabéis de que hablo. He conocido auténticas bestias feroces en esas mesas redondas, he descubierto amistades igual que algunas se atragantaron y las perdí. Ese puntito melodramático que tiene la vida cuando uno come. A veces corremos el riesgo de morir atragantados por el pelo de una gamba, pero no nos morimos cuando nos disponemos a destrozar un alma. Lo más probable es que sea la que está ausente en la mesa. Pobrecillo. La ausencia es la culpable de las críticas.

            Ahora que se acaba el mundo, reconozco que he tenido experiencias un tanto extrañas. He sido conservador, pero un poco canalla o macarra, eso si, siempre desde mi punto de vista. Mi madre siempre me ha calificado como "una mosquita muerta". Ahí madre, creo que se ha confundido siempre, para empezar en mi documento de identidad, el fabuloso estado español me ha denominado como varón pero no por mis atributos, dones y mis dotes sino por esta glándula que me han dejado como herencia genética entre las piernas y que seguramente sea mas grande que la otra herencia que me van a dejar ustedes, porque a este paso que llevamos voy a tener que pagar la letra que aún deben del televisor en blanco y negro que se compraron cuando iban a casarse. Maldita ciencia, podías avanzar y darme un buen pene para metérselo por el culo a todos aquellos que en este tiempo me lo han dado a mi, empezando por aquel que me quitaba el bocadillo en el recreo, a los profesores que me fueron suspendiendo a medida que los cursos pasaban, y ahora trasponiéndolo a los maravillosos gobernantes que tenemos en esta península y como olvidarme de ese jefe cabrón que se empeña en amargarme el día a día, a veces el fin de semana también y por supuesto acordarme de alguna que otra señorita de compañía que he conocido. Gracias por no cobrarme los servicios, y por hacerme creer en el eslogan de El Corte Inglés, si no está satisfecho le devolvemos su dinero. Es lo mínimo después de comprobar su multiorgámisca personalidad.

            Vuelvo a las deudas porque eso posiblemente sea lo mejor que me vaya a quedar pero cuando se mueran, si es que al final todos estos profetas de lo absurdo se confunden, que no tengo yo tan claro que acierten. En este tiempo, he vivido la mitad de la transición española sin ser consciente de ello, una crisis económica y otra de personalidad, ambas marcaron mi infancia y de todas salimos a flote, de mejor o peor manera pero siempre remando contracorriente y siendo mas contras que corrientes, éramos la sociedad de los salmones. Más tarde si; he visto que dentro de este país crecía otro germen, el del consumismo, pero no por gastar más de lo que tenemos, que eso también sino porque ahora se han empeñado que con su mismo sueldo intente pagar todo lo que se van inventando unos señores de corbata y que van a trabajar bajo la carpa del circo del Congreso de los Diputados, en la puerta les esperan dos leones que tienen los huevos mas grandes que todos los que dentro, en teoría, discuten por mejorar el país, pero cabrones, ¿no os dais cuenta de la que estáis liando? Conozco presidentes de comunidades de vecinos, infinitamente más capacitados que ustedes. Ellos al menos únicamente se dignan a robarme la sal cuando vienen a pedírmela a casa, pero ustedes, me están quitando la vida a base de subir el IVA y el IRPF, a base de meter la mano en los cajones donde se caen los billetes grandes. Digo yo que se podrían subir la corbata hasta que la cabeza se les ponga del mismo color que esas mantas de quinientos que se llevan en fajos de diez en diez.

            Ahora que se acaba el mundo es de bien nacido ser agradecido y por ello he de reconocer que he hecho poco y mal el amor, que siempre he sido más de follar, que me he complacido mas veces a mi mismo de las que me han complacido a mi y que me hubiese gustado conocer a diez o doce mujeres más de las que en mi cama han dormido o yacido porque ni yo he sido buen amante, ni ellas supieron sacarme todo el partido que me hubiesen podido sacar sino me hubiesen permitido quedarme dormido. Seguramente ellas piensen lo mismo, soy un cabrón, lo sé, aunque no os diré lo siento porque vosotras os dejasteis la basura en casa cuando os ibais. Como podéis ver soy más de pequeños detalles que de grandes pechos, aunque hay ciertas cosas que están muy bien. Quizá me hayan faltado un par de sueños por cumplir pero bueno, seguramente he realizado más de los que muchos de vosotros podéis imaginar, y mi imaginación va más rápido, os lo garantizo.

            Es momento también para confesar mis infidelidades. Las vuestras y las mías. No sé si habrán sido más las de un lado que las de otro pero a mi me pone frenéticamente cachondo saber que lo estoy haciendo mal, desear a la mujer de mi mejor amigo, y parar el ascensor cuando subo con mi vecina a casa, para abatirla con una de mis armas. Las vuestras probablemente hayan sido incómodas despedidas en el asiento de atrás de un coche, o bajo la lluvia en mitad de la noche. Sois tan típicas que ardo en deseos en enseñaros a dar una buena cornada, a veces de dos trayectorias y a escasos seis centímetros de un orificio al otro. En fin que ahora que este planeta finaliza su ciclo, este será otro de mis deseos por cumplir.

            Ahora que el mundo se acaba, me caeré de la cama porque siempre he soñado mas dormido que despierto. El parte de lesiones será parecido, aunque poco importa ya lo que nos pase. Poco importan los que pasan hambre, los que duermen en los portales. Poco importa, la educación o el respeto. O la sanidad y los enfermos. Poco importa porque para ellos, pase lo que pase, nos dan por muertos, aunque algunos pocos nos empeñaremos en seguir viviendo. Me cago en Nostradamus y en los Mayas, y en los payasos del Congreso. Me cago en los que aún seguís durmiendo cuando el país nos lo están robando y el mundo se está muriendo, al menos espero que os estéis poniendo los cuernos.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Titánicos

Todo se hundirá como el Titanic, todo quedará en el fondo del mar, sumergido dentro de un gélido recuerdo tras chocar con miles de icebergs en forma de realidad. Ya nada ni nadie puede salvarnos, ya nada es tan cálido como lo fueron besos que nos dimos. No quedará ni un reducto de lo que fuimos, no quedará nada, sólo hielo y agua por los cuatro costados.

En el trayecto de la superficie al fondo intentaremos agarrarnos a cada valioso momento que se hunde con nosotros. Intentaremos que sea lo menos doloroso posible, pero el poco oxigeno de nuestros pulmones hace que nuestro cerebro cada vez trabaje más lento. No somos nada, solo un cuerpo, un misero cuerpo que cae sin intención de volver a subir. Ya nadie puede salvarnos. El arrepiento ahora no sirve de nada.

Nuestro cuerpo golpea lento contra el suelo, nuestros ojos echan un vistazo por última vez a lo que nos rodea. Apenas un atisbo de claridad, solamente el cristalino de otros ojos, otras gentes, otros iguales. Paradójicamente, a escasos metros de donde descansa nuestra espalda, las llamas esperan llenas de la vida que nos falta y que ansía recibirnos. Otros mundos, otras historias, otros espectros, pocas glorias.

El infierno, es el lugar que nos espera después del frío, del suspiro y del hielo. Con su dueño, con su empeño en poner chispa a una nueva vida. Con su ironía y su mentira. Allí nos empadronaremos eternamente, allí viviremos. Ese que llamamos Dios se cansó de salvar nuestro pellejo. Ya nadie vendrá a salvarnos, ya no tenemos remedio, no conoceremos la palabra consuelo.

Paisajes oscuros marinos se adueñan del cuerpo, infiernos en llamas se visten cielo, y ni tú ni yo nos quisimos, ni nos querremos; ni tú ni yo venceremos. Seremos herederos del silencio y breves prisioneros de lo frágil del tiempo. Seremos el fracaso de El Creador, seremos puñeteros hasta decir basta por no ser sinceros, y el agua sera quien nos desnude de cada uno de nuestros vestidos falsa moral, el agua nos disfrazará de misero esqueleto, y ahí al fondo, por fin descansaremos.

Nadie se acordará de nosotros. Nadie ni nuestros enemigos ni los acreedores que yacerán en el mismo infierno. Seremos parte del hundimiento del Titanic, seremos quien hundió el cielo, seremos acero, seremos indestructibles pero nos mató la fragilidad del agua en forma de sentimiento y hielo.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Marlene

De vacíos jarrones,
flores de colores y luces,
a polvos en camas flotantes.
De bendiciones innecesarias,
mochila de incoherencias
y vinilos de canciones raras.

De falso cinismo liberal
a ideas brillantes y mediocres.
De amarillos cerezas,
entre sueños de Heidi dormir
y ser inconscientemente feliz.

De otros creerse extraterrestres
con dos cabezas volátiles pensar,
una la que aguanta los hombros
otra vive anclada en gritos
y en su falsa realidad.

De estrellas sin brillo,
de gloss y carmín,
de mortal, arsenal y postín.
De reinas de las noches,
de taconazo y Drag-Queen.

De Madrid a Barcelona,
semáforos en rojo y alta velocidad.
De Barcelona a París,
gaviotas olvidadas emigran sin ti.
De vuelta a Malasaña,
experimentar de geisha
en un antro llamado Pekín.

De aliento a café y petas,
y siluetas de humo de tabaco,
a whisky, cristal y anfetas.
Billete de droga blanda,
para flotar, o explotar,
o viajar cerca y llorar.

De imágenes aturdidas,
a niño cisne en obra teatral.
De adolescente plebiscito,
abusan recuerdos cargados
de contenido sexual.

De márgenes negativos.
De menos por menos es más,
a ¿Dónde están tus amigos
si es que llegaron a estar?
De Celestina sin nadie que amar.

De neones a leds,
de "por mis cojones"
a indomable Marlene.
De inocente timidez
a papelina, a Le Femme.

De chica Almodovar
a vivir a cuenta de otro
varias noches de espera.
De piernas abiertas
hasta que se acabe la dignidad
que sirvieron de cena.

De nadar en el hielo de un glaciar
a "otra copa que se vuelve a aguar".
De vírgen maestra en artes de cama,
a traviesa gata de peep-show,
gimnastas de barra vertical o ama.

De sumiso carnal,
a puta de bajos fondos
en el mugriento baño
del peor garito del Bronx
de una olvidada ciudad.

De paisajes escondidos
a paraíso vulgar e infernal.
Las canciones de amor de entonces
lloran por otro gramo más.
La vida que acaba pronto,
sin llegar a la fecha de caducidad.

De Marlene vuelta a Javier.
De irreverente personalidad son
los ultimos deseos a conceder.
Epitafio en plata sobre mármol,
mensaje escrito al revés.

Espejo y líneas blancas paralelas.
Viaje eterno a los miedos
vestido de noble nogal.
Estrella en el Salón de la Fama,
en el suelo de la Cañada Real.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Hoy te eché de menos, amigo.



Hoy te eché de menos, amigo. Hoy necesité de ti y no te encontré, bien porque no busqué lo suficiente, o bien porque te escondiste bajo la cama de mi olvido. Hoy necesité de ti, pero ya no estabas. Te habría contado tantas historias, que todas las cervezas que nos hemos tomado juntos a lo largo de esta vida, habrían sido pocas porque hoy me pasaron muchas cosas; porque hoy necesité de ti y no estabas. Prometimos con sangre que seriamos hermanos siempre, pero hemos incumplido la premisa y ahora tu sangre me quema en la cicatriz que dejaste a la altura de mis muñecas. Hoy te eché de menos, pero no estabas. Hoy te eché de menos mientras que descubrí en el suelo que tu sombra seguía cerca y tu ausencia era algo más que sentir tu brazo por encima de mi hombro.

Ya no recuerdo si te fuiste o, por el contrario, me fui yo. Ya no recuerdo ni tan si quiera si lloré. Sólo recuerdo que hoy me ahogué en el mar de las lágrimas que desembocaron en mi boca, y tú no viniste a darme aire, a sacarme del río de pena tóxica en el que me estoy bañando. Ya no alcanzó a divisar en la vaga memoria la última fotografía que el destino me disparó a tu lado. Seguro que entonces sonreíamos juntos, seguro que entonces el dolor del otro era el dolor de uno. Hoy te eché de menos, y un poeta escribió que la distancia no es cuan lejos estemos, la distancia es más cuando el silencio se hace dueño de nuestros misterios, la distancia es si no nos vemos.

Otra vez más que necesité de ti, amigo; otra vez más que me sentí solo rodeado de multitudes que me gritan, feroces, salvajes, indomables e incalculables. Otra ocasión más para enmendar los errores. Otra vez que me acosté vacío a mi lado izquierdo, tras actuar en el teatro de los horrores de los que se escudan en los lamentos de otros. Quizás matar no sea suficiente si hay que salvar la cara de uno mismo para después sin escrúpulos bañarse en el odio derramado de los corazones rotos. Otra vez más, otra vez menos, otra vez que eres angustia por dentro porque hoy te eché de menos, e inconsolablemente lloré. Innegociablemente viajé a orillas de la oscuridad tenue y lúgubre, y allí solitario, me senté. Vagabundos flotaron mis pensamientos alrededor de mi cabeza, pidieron la escasa limosna a mi alegría, y repentinamente mi respiración se quedaba sin aliento, sin ganas, con penas que ardían en llamas junto con un puñado de mis misterios sin resolver, Vomité las barbaridades que se clavaban en los nervios que duermen en mi estomago.
 
Hoy ya no es ayer, y volví a necesitar de ti, amigo. Hoy sentí que el mañana no va a volver cuando mañana sea ayer, Cuando todo pasé, vendrás, cuando el dolor haya cicatrizado, y mi alma descubra que no estuviste cuando debiste estar. Para entonces, es posible que yo no sea quien debo ser. El ayer caerá en el olvido, y el futuro será, para mí, volver a sentir vacío el hueco en que ayer hubo, sangre, vísceras y un corazón latiendo al ritmo de la felicidad. Hoy ya no es ayer, pero la pena me llena el estomago y me quita las ganas de comer porque ya no formas parte de este minuto que ha pasado desde la última vez que te eché de menos.

¿Cuántas veces me pregunté que sería de ti, amigo? ¿Cuántas veces deseé volver a recorrer contigo el camino de la vida? ¿Cuántas veces maldeciré nuestra mala suerte? ¿Cuántas veces bendecí tu fortuna, en otro tiempo mía? ¿Cuántas veces, cuantas? ¡Cuántas! Hoy te eché de menos, y tú por desgracia para mi espalda, no estuviste ahí para elevar mi mochila, mientras subía los peldaños de esta longeva y eterna escalera. ¿Dónde estarás? ¿Por qué camino de piedras vagabas? Todo era más fácil cuando los dos tirábamos de las riendas de las decisiones establecidas por la sociedad. Mientras repartíamos el peso, sonreíamos, bromeábamos. El sol nos daba en la cara y sentíamos como sentíamos porque una mirada nos valía para saber lo que pensábamos.

Te imagino ahondando en otros lares, descubriendo nuevos caracteres. Te imagino sonriendo en brazos de mujeres que también me enamoran a mi, te imagino rodeado de éxito. Te imagino guardando en cajas cada uno de los libros de cuentos que escribimos juntos, clasificándolos por años, por géneros literarios, por artes, por dramas, por ensayos. Recuerdo del noventa y seis, reza la etiqueta de la última caja que soñé que colocabas en las estanterías del trastero de los momentos vividos. Te imagino recordando, te imagino imaginando donde estará el tiempo, y porque ya no estamos y nos empeñamos en pensar que no se ha acabado cuando la realidad es nos sentimos como dos extraños.

La pena y el desconsuelo, son hoy mis dos compañeros de piso. La soledad y la tristeza se convirtieron en amantes huidizas en mi cama. Las lágrimas fueron grafitis en la explanada del tiempo y mientras, yo clamo al cielo la clemencia que merece un injusto condenado a muerte. El drama se cebó conmigo, y yo no hago más que echarte de menos amigo. El rojo pasión se convirtió en fuego y arrasó vidas nonatas. Juveniles sueños se diluyeron en el café amargo y mi voluntad parió miedo. Bebí del pequeño frasco de veneno del odio.

Quizás te expulsé yo, amigo. Quizás te abrí la puerta para que la cerrases por fuera, y ahora fruto del arrepentimiento, te añoré como a quien se le antoja un último beso de despedida y es negado porque todo tiene un final igual que tiene un punto de partida. Aun así te echo de menos mi hermano, mi amigo. Ven a buscarme cuando te canses de tu camino, porque aún no comencé a andar el mio. Te echo de menos, tanto que cuando vuelvas, o cuando te encuentre, lo más probable es que seamos dos desconocidos, y entonces tendremos que volver al punto de partida. Cincos dobles y saldremos a la casilla de salida. Tomaremos la barra de un bar, y nos sentaremos en las altas banquetas verdes, y allí diseccionaremos momentos y vidas. Beberemos tanto que el ácido de nuestras lágrimas quemará nuestras mejillas. Las dejaremos correr hasta el corazón, para que la cicatriz quedé cerca de donde reside el sentimiento y sepamos mirando hacía arriba cual es el camino hasta la razón. Lo que si sé seguro, es que por nada en este mundo, ni tú ni yo, nos guardamos rencor.

Hoy te eché de menos amigo.
Hoy te eché de menos,
aunque espero que vuelvas 
a mi lado, a sentarte conmigo,
porque ayer te eché de más,
y hoy me ahogó
a manos llenas el olvido.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Suele ocurrir

 
                Suele ocurrir que caemos en el olvido antes que en el recuerdo, entonces los guarismos no cuadran y las adicciones se convierten en sustracciones de sangre para regalárselas a tus enemigos antes de que varios ángeles negros vengan a buscarlos con las alas gastadas de tanto agitar, con la mirada nublada del absurdo humo que se escapa del vacío infernal, con las deudas escritas en un papel que la conciencia aún conserva bajo aquella botella de vino que nos hizo olvidar cualquier problema que viene a sentarse en la mesa con nosotros para intentar indigestarnos.

                La ventaja de caer en el silencio y en la oscuridad de los que un día te quisieron, es que la vida te regala una nueva oportunidad para volver a reinventarte. La ventaja de la penumbra es que te puedes reír de todo cuanto quieras que ni siquiera tus amigos verán tu irónica sonrisa al pasar. La ventaja del silencio es que oirás a quien venga a hacerte daño por muy sigiloso que sea su caminar. La ventaja del olvido es que no trascenderá sobre el resto de los mortales, el asesinato de sus recuerdos contigo porque no supones nada para ellos.

                Suele ocurrir que a orillas del corazón, entre los ríos de lágrimas, crecen las semillas de la frustración, dando fruto a las inmensas llanuras de las cosechas de odio que se recogen en las jornadas de ocho horas. El resultado es que hay más hectáreas que segar que frutas prohibidas que recolectar. Pobre bagaje, pobre estomago que alimentar. El mundo sufre una ola de hambruna y todo es debido a las envidias, todo se debe a las veces que nos hemos mirado a la cara, carentes de cualquier ápice de sinceridad, carentes de fidelidad.

                Sucede a veces, que cuando te das cuenta de que empiezas a sentir, los sentidos te abandonan, y tú, te marchas tras ellos. Te marchas y emigras hacia el exilio del alma, hacía ese alejado país vallado en la frontera y vigilado por ejércitos invencibles de soledad. Donde cualquier dictador es bien recibido siempre que el miedo sea su carta de presentación, siempre que temamos pronunciar en nuestros labios un te quiero incontrolado. Siempre que tengamos miedo a que nuestro corazón sea desahuciado tras ser terriblemente hipotecado.

Suele ocurrir que cuanto más sincero eres contigo mismo, más sordo se queda el mundo, más mudo parece uno. Suele ocurrir que el pasado pesa más que el presente, y que por eso el presente escribe en letras grandes y oxidadas el futuro que vendrá. Ocurre cuando decimos te quiero, que el silencio nos conteste con cara de incredulidad. Aunque hoy en día, cuando confiamos haberlo visto todo, el guión a manos de cualquier ser humano se altera con una extraña facilidad; como quien traza líneas sin ordenar sobre un lienzo en blanco, con la única intención de manchar.

Ocurre a menudo que somos humanos y que estamos obligados a confundir la fantasía de la realidad, sin más ánimo que tener una ilusión que nos empuje a caminar. Somos un pedazo de risa, somos un trozo de vida, pero si no prendemos una cerilla no somos mas que un pedazo de papel liviano en medio de una tormenta, arrastrado por el huracán de la infelicidad. Pasemos los lunes al sol, que mañana martes Dios dirá. Seamos sinceros, seamos limosna de domingo en aras de volver a empezar sin tener mirar hacia detrás.

El camino de la Franqueza

 Cazadores de rayos. Vendedores de hipocresía. Desde la primera mirada honesta la mano que te tendieron vendías. Envuelves con lazos rojos l...