miércoles, 25 de septiembre de 2013

Dame

Dame sonrisas de caramelo
con vestidos de piel de seda,
dame pedacitos de cielo
para cuando mis alas mojadas,
volar lejos no puedan.

Dame azules de agua
en miradas de diamante,
viste sonrisas de perlas
para que el brillo de tu rostro
me diga donde puedo encontrarte.

Dame caminos de arena fina,
dame sal, dame mar,
el poder de quien el tiempo domina
que quiero llegar lejos
en los senderos de la vida.

Dame tus secretos guardados,
dame las pesadillas del pasado,
dame el miedo que te había ahogado
que quiero enterrarlos lejos
donde el tiempo se ha marchado.

Dame una caricia,
tatúala en esta piel
para saber de donde vengo,
cuando no lo recuerde bien.
No me des un beso, volveré por él.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

De diez sin cero

Y volver a empezar...
De diez a cero.
Del final al principio
aprender a ser sincero.
Y volver a empezar...
antes de llegar al final
no olvides decir te quiero.

Del derecho o del revés,
la vida se vive sin miedo,
sin miedo a ser quien debo,
sin miedo a vivir, de diez a cero.
Suspenso en amor,
ha probado a perder el corazón.
Ante todo creer en tu
Hoy puedo. Hoy quiero.

Del cielo al infierno.
Del amor al desconsuelo.
Arañazos de placer, aún te espero.
Celoso del aire y desespero.
Sombra del tiempo,
que corrió tras de ti,
y perdió ingenuo
maldito el tiempo, el tiempo.

De diez a cero.
De completo a incompleto.
De perfecto a imperfecto.
Del frío al calor perpetuo.
De diez a cero.
De querer querer a quiero.
De ser a estoy
a contigo me quedo.

Y volver a empezar
la partida guardada
en las memorias ahogadas
en los mares de espuma
de lágrimas saladas.
Y volver a empezar,
antes de que diez sea todo
y cero, sea un sin cero.

domingo, 8 de septiembre de 2013

El silencio

Me olvidé de vivir.
Me olvidé de sentir.
Me olvidé del más importante,
hace ya días, me olvidé de mi.
Me olvidé que el tiempo no vuelve,
y que nadie nació para hacernos feliz.

Suele ocurrir que el silencio me da las respuestas que no quiero oír. El silencio, es uno de esos pocos amigos fieles que me quedan. Me mira a los ojos, y calla. No dice nada, solo deja que el viento corra y que los actos coloquen en nuestro sitio a cada uno de nosotros, para que me dé cuenta, que habitualmente ando equivocado con mis pensamientos, a pesar de mis auto promesas, de mis premisas y de mis ilusiones. El silencio siempre se calla. No frena mis emociones, mis sentimientos. Me deja correr, entonces cuando llego al filo de un nuevo corazón, al barranco de un nuevo enamoramiento, le pregunto y él, sabio, consciente de toda la realidad que me envuelve, me niega con la mirada, lo que no quise ver con la sístole y la diástole de ese corazón que intento conquistar. Entonces entiendo que no hay porque seguir más. Mi camino acaba ahí, saltar al precipicio del amor sería tirarme sin red a una depresiva caída libre. Humano y mundano. Llenos de miedos sinceros.

Mi corazón a menudo va mas deprisa que mis pies y llega antes a los sitios, y ese es un defecto que aunque el silencio calle, no estoy dispuesto a paliar. Prefiero sufrir y sentir, que actuar en el teatro de esta sociedad que no entiende que el mundo gira alrededor del Sol, y que nosotros bailamos al compás que dicta el corazón. Así son, así soy... a veces yo también soy como ustedes. Nos odio, nos tengo tanto odio... Así que ya está bien... Me cansé de sentir.

Hoy decidí incumplir mis promesas, y girar de nuevo la tuerca que apretaba el alma, para que igual que llegan a mi vida, se marchen. Prefiero vaciar de nuevo cualquier lugar donde se pueda acumular un minúsculo sentimiento, que dejar que sean mis lágrimas las que hagan charcos en mis pulmones y me impidan respirar. Prefiero que todo acabe tan pronto como empieza porque ya nada tiene sentido.

De nada sirve echar a correr. Así que aquí me despido de ustedes, de los falsos corazones, de los verdaderos, de los que viven sin razones. Me despido porque es mucho mas fácil callar que sentir y seguir sumando falsos amores que jamás me corresponderán, amores de una noche. Pieles de plástico, que no dejan sentir las pieles de verdad. Pieles que no se rompen al escuchar un te quiero. Ya no hay piel con piel sincero, ya solo importa, seguir viviendo y decirles que nadie me querrá, porque ya me cansé de sentir, porque ya no quiero.

Si quieren saber de mi, lo mas que puedo hacer es invitarles a un trago en el bar de la esquina. Ese de las luces de neón. Allí al menos, todos sabemos lo que queremos. Allí dejamos las cuentas claras y el corazón en la mesilla donde se mueren los sentimientos. Allí cuando todo se acaba, las deudas quedan saldadas, y ni me deben, ni las quiero. Todo se queda a cero. Allí todos son sinceros. La piel con piel, es falsa y se paga con dinero, pero el alma queda intacta, y no hace falta desnudarse ni decir. Allí el silencio asiente como el primero. Hermano amigo y consejero.

Les dejo un abrazo como última muestra de cariño. Les digo adiós, me voy en silencio. No pregunten por mi, porque a partir de hoy, yo que estuve enamorado de la gente, ya no les quiero. Les digo adiós, esta será la última vez que seré sincero.

Adiós, ya no te quiero, ni te espero.

Me olvidé de vivir.
Me olvidé de sentir.
Me olvide irme,
pero nunca estuve en tí.
Me olvidé tu nombre,
nunca le pronuncié.
Les dejo un silencio,
les queda bien el gris.

martes, 27 de agosto de 2013

Quiero amor

Quiero ver lunas colgadas de tu cuello,
quiero ver mares en el fondo de tus ojos,
quiero ser quien te roba los sueños,
quiero ser el beso en tus labios rojos,
quero ser quien salve tus lágrimas
si ahogan en un profundo pozo.

Sentir la infinita brisa marina de tu mirada,
refrescar mi corazón al despertar la mañana,
volver a nacer si me regalas palabras
que me descubran que estas ilusionada,
volver a ser yo desde mi interior,
y hacia afuera pintar de color
una sonrisa en blanco y negro sombreada.

A esta distancia inmensa
le pueden las ganas de saber de ti.
A este silencio a gritos ahogados
le escuchan los sordos enamorados,
a este amor, le amo,
le juro que estoy enamorado,
y que el maldito ruido quedó en el pasado.

A este insomnio de verano
le temo mientras duermo,
mientras los sueños quedan incompletos,
y los miedos se desnudan primero.
Este amor llega sin querer,
silencioso y verdadero.
Este amor sabe a dulce sincero.

A este adiós le sucede un hasta luego,
ten cuidado, te espero.
A este amor le pueden las ganas de llegar
a la sombra de tus labios primero.
A este tiempo le detengo el recuerdo
esperando soñar fuerte sin miedo.
A esta soledad que sentía
la mandé de viajes y vuelos.
A ti, te tatúo entre mis venas
con la palabra te quiero.

Me duele

Me duele la piel.
Me duele el alma.
Me duele el amor
que escapó por mi espalda.

Me duele el adiós
que te diré mañana.
Me duele saber
que ya no queda nada.

Me duele ser fugaz.
Me duele la estrella gastada.
Me duele el abrigo
descolgado en la entrada.

Me duelen más las miradas
que las acentuadas palabras.
Duelen más las verdades a medias
que las mentiras contadas.

Me duele ver tu sonrisa
reflejada en unos ojos extraños.
Me duele ver que me duele
y que siguen pasando los años.

Me duelen las manos
de levantarme del suelo.
Me duelen las alas
cuando caí al cielo.

Me duelen las palabras
que sienten miedo.
Me duele si me dices
sin querer te quiero.

sábado, 3 de agosto de 2013

Antes de crecer

Y entonces abrió los ojos y se dió cuenta que se había hecho mayor de golpe. Sus ilusiones quedaron al fondo del cajón de su ropa interior, sus miedos se estamparon en todas las camisetas y nadie volvió a mirarla igual. Su semblante cambió por completo. 

De los sueños a las pesadillas había solo un fotograma incompleto que se rellenó de malas experiencias, y todo casi sin querer. Simplemente por abrir los ojos y ver que el Sol no siempre calienta con la misma intensidad. Entonces descubrió que el mundo no gira alrededor de su eje, sino que las historias dan vueltas alrededor de si mismas. A veces son días, otras son noches. A veces son recuerdos de diamantes sin pulir, otras son piedras volcánicas hirviendo en los reproches. A veces duelen tanto como la primera vez... a veces vuelven por volver. 

Los malos recuerdos forman parte de esos pedazos de estrellas que dejaron de brillar, los buenos se escondieron a contraluz dejando solamente sombras a su paso. Entonces se dió cuenta que se había enamorado una vez. Se dió cuenta que estaba sola y que para amar hay que ser funambulista para cruzar de un corazón a otro sin mirar abajo, caminar en el abismo sin red, amar sin temer a volver a caer. 

Y entonces abrió los ojos, habia vuelto donde todo empezó antes de crecer.

Intenciones

Cuando un cero a la derecha sea igual a nada,
el diez sea imperfecto
y el Sol salga mas de noche que de día,
la vida volverá a ser vida.

Cuando sonreir sea motivo de tristeza.
Cuando no parar quieto se acueste con la pereza
y la verdad sea de mentira,
la mar se quedará seca.

Cuando la cuesta arriba sea fácil de remontar,
enamorarse nos preocupe mas que llorar
y morir sea tan incierto como resucitar,
el tiempo no se detendrá.

Cuando un si quiera decir no,
cuando las canciones tristes no hablen de amor,
cuando al mismo tiempo que llueva haga calor,
dejaré de ser yo.

Y así se acaba este domingo
con sabor a otoño en pleno verano.
Asi contigo y tú adiós escrito en las manos.
Así le digo hola al pasado.

El olvido es testigo (Tropezar Contigo)

Vuelve a tropezar contigo, y yo conmigo.
Vuelve a caer en esta piedra,
con tu nombre grabado en mi camino
que aunque intento dejarte en el olvido,
el olvido siempre viaja conmigo,
el olvido acaba siendo testigo.

Arráncame el alma.
Descóseme el corazón a jirones.
Que mi sangre vista de rojo tus uñas
a la par que clavas en mi espalda el delirio,
mientras dejas el lienzo de esta piel
tatuado de éxtasis helado y fuego frío.

Imposible no postrarme ante ti, caer arrodillado.
Si tu ejercito rompre filas,te defenderé,
de tu corazón me hice soldado.
Al final las cicatrices quedan para recordar
cuantas veces has caido derrotado,
si te has equivocado o te has enamorado.

Destrózame para luego reconstruirme.
Durmámos en los escombros de los malos recuerdos.
Sembremos sonrisas de sueños,
que de noche crecen más rápido las pasiones
y estas piedras son cómodos colchones,
son duras y penas, son emociones.

Mañana te irás en silencio
y yo me quedaré dormido,
con tus rítmicos jadeos,
con tus salvajes gemidos.
Mañana te irás y de nuevo
mi corazón quedará destruido.

jueves, 4 de julio de 2013

... Y al final me iré

... Y al final me iré
y tú quedarás en silencio.
Me echarás de menos, y yo,
ya no estaré para decir que te quiero.

Me iré sin lágrimas en mi pañuelo,
porque lloré en los charcos
donde una vez saltamos,
y ahora ahogo mi desconsuelo.

... Y al final me iré,
donde nadie pueda seguirme,
porque prefiero caminar solo
sin perdón por sentirte.

Me iré con las sombras alargadas
donde alguna vez olvidé
que el amor también calentaba
y la brisa es fría por la mañana.

... Y al final me iré,
con el orgullo debajo del brazo,
y la cabeza bien alta
a pegar mi corazón hecho pedazos.

Me iré por no gritar al viento
que se calle, que mi alma está ardiendo
que el incendio fue provocado
por un pirómano de sentimientos.

... y al final me iré...
Me iré por donde vine una vez corriendo,
porque todo me sabe a poco
para seguir sintiendo.

martes, 28 de mayo de 2013

Te Odio

Te odio
desde antes que llegase el después,
y la noche dejase paso al día,
porque odiarte es tan fácil
como contemplarte
y que nazca una poesía.

Te odio,
como odio tus miradas de noche,
empeñadas en robar brillo a las estrellas,
que cuando todo quede a oscuras
te miremos a ti,
y las odiémos a ellas.

Te odio
como se odian las canciones
que me recuerdan a ti, a tu odio.
Así te odio,
como odia la tinta
antes de manchar de verdad
el blancor del alma del folio.

Te odio
como odian los lienzos a los pinceles
cuando no los acarician con sinceridad.
Te odio, tanto, tanto te odio,
como odio el vacio de la inspiración
cuando se empeña en no llegar.

Te odio
como se odian los buenos recuerdos
vividos que jamás volveran,
y no por odio,
sino porque hace tiempo que te amé,
y odio no poder amarte más.

jueves, 23 de mayo de 2013

La fábula de la niña del vestido de mariposas


Amaneció temprano. El rocío avistó un nuevo despertar y los primeros rayos de luz del alba juguetearon con las gotas a inventar nuevos colores mientras caían al suelo. Se deslizaban sugerentemente, se sentían mutuamente, sonreían pícaramente al nuevo día. Era Abril y el cielo parecía despertar del letargo del invierno. La niña del vestido de mariposas llegó cargada de colores en esta primavera, para ella cada tarde de Sol es la primera. Su pelo rubio rizado y su falda de vuelo que jugaba caprichosa con el viento, quería combinar sus traviesos ojos con el azul del infinito cielo. Revoloteaba alrededor de todos los niños del parque. Era tan frágil como fuerte, todos ansiaban besarla eternamente. Ella soñaba despierta. Ella sería perfecta, pero la imperfección es la auténtica receta para volar como una mariposa dibujada en la espalda de una cometa. Todo el mundo la miraba, a todos los mayores encandilaba. El Sol su piel doraba. La Luna de noche, en silencio, la soñaba.

Una tarde como otra cualquiera, los columpios se movían en su desesperante espera, las flores se habían peinado para su llegada, los niños dejaron de jugar en la arena para evitar mancharse. Alguno pronunció bajito que la amaba. El Sol brillaba en lo alto, y el cielo parecía un espejo azul plateado esperando reflejar los cabellos dorados. El viento se entretenía con las hojas de las copas de los árboles deseoso de mesar su melena. Ella no apareció y todo se hizo silencio. Aquel parque se detuvo en el tiempo y el mundo cambió.

Los días se tornaron en gris, y el Sol enfadado dejó de dar calor. Llegó el frío y la lluvia, llego el miedo y la penumbra. Nada era lo que fue. Todo se sumió en una profunda tristeza. Nadie sabía que había pasado. Los niños dejaron de jugar en el parque y las copas de los árboles vistieron sus pies de otoño. El viento enfurecido enredó la cadena de aquel columpio en su travesaño. El tiempo se hizo silencio. La mirada se quedó perdida.

            Nadie se preguntó porque a pesar de que la echaban de menos. Su vacío se quedó en la nada, el misterio fue constante, la ausencia también. Todo el mundo se decidió a olvidarla, porque el recuerdo duele más que las heridas. Nadie se decidió a buscarla porque todos tuvieron miedo de no encontrarla. Nadie tuvo la certeza, todos permanecieron impasibles a pesar de la sorpresa. Presos de sueños quebrados disfrazados de inconsolable franqueza. Aún vuelven a caer en los mismo errores que sus predecesores, aun son dueños de la torpeza. El olvido nos hace presos de nuestro destino.

            Todo ocurrió como si nada. Aquella pequeña de sonrisa eterna, de piel de laurel y perfume de vainilla era feliz en su pequeño universo. Aquella tarde mientras la niña del vestido de mariposas correteaba en la línea del horizonte, antes de que el Sol cayese y la Luna partiese el día por la mitad, el cielo lanzó un suspiro, un pequeño aliento la envolvió y su pequeño cuerpo se precipitó al vacío. La Luna en su cuarto menguante la acunó y allí se quedó dormida. Nadie sospechó jamás, nadie pensó en que la señora del brillo de marfil nos robaría la mayor obra de arte que este planeta había dado.

            Quien sabe si fueron los celos. Hasta su llegada nadie dudaba de su hermosura. Todos contemplaban extasiados las curvas de su figura. Todos soñaban con alcanzarla, con tocarla, con conquistarla. Los poetas se confesaban ante ella como si de un sacerdote se tratase. Sabía tanto de amores como de desamores, y había vivido historias inenarrables llena de sombras y penumbras, de luces y alegrías. Sus pupilas eran de monocromáticas. Los recuerdos siempre los dibujó en carboncillo. Blancos y negros.

            Aquella pequeña durmió profundamente. El lado oscuro de la Luna no distinguía entre la noche y el día. Aún con los ojos abiertos tenía la sensación de estar sumido en un profundo sueño. El vestido de mariposas se tiñó de negro, nada de colores vivos, que el semblante no dibujase una sonrisa en el rostro, que los ojos no platicasen en la oscuridad. Todo era decadente. Las pieles se rompían al roce de las caricias. Así cayeron las noches, y los días se sucedían mientras más noches de insomnio caían. Así trascurrió algún tiempo, algún año, y la niña sintió que moría.

Aquella noche el mundo se paró. Quedó anestesiado por el dolor y la crudeza de un sentimiento marchito. Las estrellas se escondieron tras el cielo, y nadie se atrevía a moverse un ápice por miedo a cambiar el orden natural de las cosas. Un paso el falso y cualquier cosa podría pasar. Eran conscientes de que algo importante podía pasar. Eran los años de penumbra, eran los tiempos en los que los haces de luz sólo se descolgaban del cielo para encumbrar algún alma.

            Entonces un halo de duda asaltó a la Luna. ¿Qué haría con una niña muerta? Normalmente las conciencias son ese tatuaje en el alma imposible de borrar. Ella había arrebatado al mundo la alegría, y lo sabía. Quien sabe si por los celos o envidia, por la belleza, la juventud y la firmeza. Quien sabe si la inexperiencia, la ingenuidad, la frescura y la ternura, o por su sedosa tez dorada y una sonrisa infinita que hacia las que las noches no fuesen tan oscuras. Nadie, ni ella mismas, sabía si esos eran suficientes argumentos para llevársela aquel atardecer. Ahora sesenta lunas después cuando no sabía que hacer con ella, le dolían las ganas de volver atrás y cambiarlo todo. A veces el temor a no saber que hacer es tan grande que la duda se acaba diluyendo en agua y no haces nada, simplemente dejas que el curso natural de las cosas sea quien decida por ti. Después de siglos de noches, y pasiones escondidas ahora las vivencias de otros de nada servían, aquella niña de rostro de mármol se moría y ella poco podría hacer.

            Entonces se escuchó un murmullo del viento que agitó las hojas de los árboles, que dejó caer al suelo todas aquellas que estaban secas. Hay quien piensa que las primeras hojas de los árboles en caer son los primeros sentimientos que un árbol quiere olvidar, a la Luna le pasaba lo mismo. Fugaz y tranquilo, el viento la envolvió entre todas esas hojas que se desprendieron, miró a los ojos de la Luna y susurró: “A veces el miedo a caer en el olvido es tan fuerte que nos equivocamos pensando que haciendo daño aliviaremos nuestro dolor. Entonces el tiempo nos quita la razón y la conciencia carga la mochila de los actos que hicimos y que no pudimos dejar atrás. Cada segundo que pasa ese peso crece, y nuestra cabeza mira más tiempo al suelo que al cielo. Para cuando dejes de ver el lienzo de estrellas será demasiado tarde. Aprende de tus errores para no volver a tropezar otra vez en ellos.”

Una vez concluyó de mirar a los ojos de la Luna, tomó a la niña entre sus brazos de tornado y se la llevó. La Luna quedó callada. La mirada perdida. Veía como su pequeño tesoro robado se marchaba lejos. Cerró los ojos y lloró. Desde entonces, las noches sin Luna gobernaron el cielo. Los amantes se sintieron menos seguros pero a la vez más con una intimidad inusitada. Los poetas encontraron otras musas, al fin y al cabo esos locos son enamoradizos de mujeres imposibles. El viento suspiraba aliviado. Brisa marina recorría cada esquina de las ciudades. Y la niña… ¿Qué sería de ella?

            La niña del vestido de las mariposas se recuperó. Se hizo mujer. Abrazó al mundo cada noche. Los niños del parque siguieron prendados de su perfume. Corrieron tras ella, hipnóticos, entregados al amor maternal que desprendían sus pasos. Agarrados al vuelo de su falda, al coqueteo de sus miradas. Normalmente cuando menos pretendes que se enamoren de ti, más sucede. Esa naturalidad, esa espontaneidad, esa forma de mirar, esa sonrisa, y su boca. Esa boca que regalaba hermosos besos. Era imposible no enamorarse de ella. Yo también lo hice, y aún sigo en esas.


miércoles, 1 de mayo de 2013

Autorretrato

Artesano de historias y vividor.
Grandilocuente.
Poeta y cansado soñador.
Dueño de mi silencio.
De sangre y razón.

De risas y lágrimas.
Melodiosas intenciones.
Brillo en los ojos.
Rey de bastos.
As de corazones.

Lienzo en blanco por pintar.
Piel dorada y sol.
Miradas ocultas de mirar.
Letras e historias.
Oídos que regalar.

De sentimiento intensidad.
De nombre ganador.
De ideas libertad.
De sueños perdedor.
De caricias que robar.

Cicatrices en el alma.
Agujeros en el pantalón.
Conciencia removida.
Fruta madura en el suelo.
Cantaré mi canción.

Nieto, hijo y hermano.
Solitario amigo autista.
Filosofía y teología.
Creyente en el amor.
Me despido sin decir adiós.

miércoles, 24 de abril de 2013

Generación X



Me convertí en una excusa perfecta. Me disfracé de pretexto imperfecto para convertir sus deseos en realidad. No me negué nunca la realidad de mi situación, no oculte nada, y ese fue mi error nuevamente. Está visto que el mundo no está preparado para mirar frente a frente a los ojos de la sinceridad. Está claro que no tenía ganas de ser real. Y lo entiendo, no me achico. Es lógico y licito. Es normal, y juraría que hasta místico. Las cosas son así y nosotros seres maleables como una bola de arcilla. Tendríamos que estar preparados para poner en la cabeza nuestros pies y viceversa. A veces me planteo el porqué Dios no nos diseñó de otra forma, me pregunto porque no nos programó de otra manera. A veces pienso que el corazón es quien está más preparado para ocupar el hueco donde se aloja el cerebro, porque se pasa más tiempo ahí arriba que en el mismo pecho. Si, se siente, es así. Es Dios, es Todopoderoso, y como todos los seres con poder es vengativo. Por extensión, nosotros también somos así. A su imagen y semejanza era, ¿no?

El mundo está como está, sumido en una profunda depresión que nos arrastra con la misma fuerza con la que el agua desborda el cauce de los ríos por la lluvia caída tras nuestras apenadas lágrimas, arrasando todo lo que coge a su paso por las ciudades, por las personas, por sus corazones y sus sentimientos. Utilizamos todo lo que podemos del prójimo. Estrujamos a menudo la esponja hasta dejarla vacía de humanidad, y cuando en lugar de acariciarnos suavemente pasa rasparnos la piel, decidimos que la solución es tirarla a la basura y empezar la otra historia similar con un diferente protagonista que la anterior. En ese caso no seré yo. Yo soy menos sentido y tú siempre serás tú, es tu genética, es tu herencia de sangre. A fin de cuentas en eso consiste vivir, en ser uno más y que los demás se queden atrás cuando ya no nos ofrezcan más. Porque aunque en ocasiones nos duela, somos hijos de nuestros padres, y a pesar de mucho que se esfuercen, por más que se empeñen y vendan todos sus bienes y sus males, nosotros repetiremos sus errores. Serán iguales, seremos los mismos, pero con diferente forma y color. Nos bañaremos en el perfume del fracaso. Dice un dicho que la muerte huele a rosas, y el fracaso no debe de andar muy lejos.

Todos sabemos que el mundo está trastornado desde hace poco, y cayeron al vertedero mas cercano tanto el respeto, como la educación. Nosotros, nuestra generación tiene la culpa. Si, no mires más allá. Somos tú y yo uno de ellos. Hoy el mundo se mantiene en el alambre rezando sin fé por no caer aunque en cualquier instante puede ocurrir que la gravedad nos abandone. Podrían alcanzarnos en cualquier momento esos cuatro frenéticos segundos de caída irrefrenable al suelo porque otro como nosotros decidió que se había acabado y arrancó la red que sustentaba nuestros sueños. La rajó por mitad para que los babosos sueños quedasen prendidos de los hilos intentando agarrarse sin fuerza para no llegar al suelo. Intentó que no se notase mucho, pero llegado el momento, que tarde o temprano a todo el mundo nos llega, caemos rendidos al veneno de la picadura mortal de las víboras que se mueven en las sombras silenciosas, entre las hojas de los árboles caídas en el otoño que yacen en el suelo esperando la descomposición. Así nos ocurrirá a nosotros cuando lleguemos al frío ocre horizontal. Así con tiempo y lágrimas de otros seremos malvas flores.

Antes de todo esto, nos volveremos locos. Llenaremos los psiquiátricos y nos agotaremos en gritos ahogados por camisas blancas que trataran de sujetar aun más si cabe unos absurdos e inalcanzables sueños. Camisas de fuerza para las almas que más carezcan de ella. Después de todo esto y un tratamiento a base de pastillas de colores que irán a juego con zapatillas de goma de los enfermeros, quedarán solo unos pocos. Quizá no sean los más fuertes, ni los más débiles y mucho menos los más inteligentes. Si de algo podemos estar seguros es que no seremos ni tú ni yo. Este guión está confeccionado a medida para que se elija a otros actores con mejor apariencia. Porque nuestra sociedad, esa en la que nos hemos criado y que apremia la ignorancia y el silencio, prefiere todo aquello que entra por el ojo aunque sea una astilla o un tablero entero y nos duela, a que el resto de los mortales podamos decir libremente lo que pensamos, porque se busca una humanidad de seres flexionados que reflexionados, y más aún si tienen callo por ser arrodillados, insolventes y sometidos al jefe, el que manda. Normalmente es otro, otra.

En la mitad de sentimientos ocurre igual que en la de razón porque ni tú, actriz de películas de serie B, mujer de rasgos rasgados y corazón rajado, boca llena de propósitos con un interés al cientocero por ciento sabes que es esto de ser sentimiento, lo siento y acierto; y mucho menos iba a ser yo, con mi cara de intensidad baldía y mis ganas de morir matando mientras al oído regalo poemas mitad míos y mitad retos o desafíos. A veces mitad corazón y mitad agonía, incandescente locura la mía. Me enciendo, me crezco, ilumino radiante y brillante, pero agoto, consumo y mucho, tanto que tú siempre decides apagar la luz y dormir tranquila sinmigo. Entonces me alimento de los silencios y de las ausencias. Entonces a mi alma se le ocurre pedir clemencia y la noche se me hace eterna sin tú presencia, maldita impaciencia, maldita conciencia.

Sucede que a veces las emociones se quedan al otro lado de una barra de bar, nos emborrachamos con la misma intención con la que a veces nos enamoramos, olvidar. A veces olvidar quienes somos es el mejor ejercicio de encuentro con uno mismo, lo malo viene si soñamos demasiado fuerte y nos despiertan tan de golpe que nos tiran de la cama. Nos imaginamos, nos follamos, y a los diez minutos nos odiamos, y lo hacemos así porque nos subestimamos y no nos reconocemos humanos, ni nuestros propios hermanos. 

A menudo, dejamos que el alcohol fluya más rápido que el amor, y la sangre llega al corazón mezclada, no agitada, somos más Bond que el Vesper Martini y menos románticos que Veinte Poemas de Amor y Una Canción Desesperada, mas cocktail que infusión entre las manos, aroma a fresas y calor. Ni las rubias son tontas, ni las morenas lo son menos, los ingenuos somos quienes las admiramos a ambas, y nos ciegan, nos deslumbran. Somos un género sin peligro de extinción, pero bebemos nuestra parte de vida con más ansia que un Gin Tonic, a pesar que a ese combinado alguien se preocupó de llamarlo amor. Sucede a menudo que la resaca trae consigo vómitos, odios, y adiós, junto con un terrible dolor de cabeza que hace insufrible nuestra contagiosa situación. Amar es la auténtica epidemia mundial. Por ello bostezamos aburridos, abrimos los brazos en uve de victoria, pero nos sentimos perdedores. Abrimos los ojos, y cerramos con llave la puerta del corazón. Otros heredaran nuestro silencio, y nos reprocharán, no sin motivo, nuestra falta de valor. Somos la generación X, la duda sin despejar en esta inhumana ecuación.

sábado, 20 de abril de 2013

A cero por ciento de interés



Ya no quedan calles por las que correr, ni mares por los que nadar. Ya no quedan muros que defender ni Dios Santo al que rezar. Ya no queda nada, nada. Ya no queda nada, si tú a mi lado no estás. Aposté mis dos últimas monedas doradas creyéndote caballo ganador, y aquí me hallo en el suelo, recogiendo las lágrimas rotas, hundiéndome en el barro del perdedor, con el mentón hundido por tu golpe al corazón. Fui a pecho descubierto, valiente, seguro, convencido de que probablemente, pronto, seríamos uno. Y no me equivoqué, esa es la lástima, porque yo seguí siendo yo y tú, tú no quisiste hacerme tuyo.

Dicen que sólo los tontos se enamoran, y sólo ahora, cuando amar no está de moda, y ni los corazones pintados en las paredes decoran, nos agarramos a la fe y a la esperanza de un quizás. Vendemos nuestra alma al diablo a la par que ese que se hace llamar Dios nos hace sentir deshonra. La inconsciencia se defiende de la soledad que dejó quien fue piedra preciosa en una cadena colgada del cuello y grabada en el pecho dentro de un corazón. Ahora que la ausencia es nuestra mejor compañera, la felicidad queda derramada en el suelo de baño. Los pies la pisan, hace frío y siempre es invierno.

Quise ser ese abrazo tan grande como la distancia que ahora nos separa. Quise ser el rincón perdido donde se esconde una lágrima cuando no sabes donde dejarla para que no se cruce con tu mirada. Quise ser quizás, y olvidé que soy el pasado que jamás recordarás. Quise ser tu sombra y lo más cerca que lo fui, fue mientras me arrodille a tus pies. Sigue tu camino, que yo surcaré los mares buscando los tesoros que esconden otros destinos, otros mares profundos perdidos, paraísos que jamás serán descubiertos para mis sentimientos. Te digo adiós esta vez, sin esperar a que hayas venido. Cuando despiertes de tus fantasías te darás cuenta de que mi lado lo llena el vacío. Te darás cuenta que era yo.

Perder la inocencia a mis treinta, es como pedir clemencia, en lugar de pedir la cuenta. Perder el mes de Abril es perder la primavera infinita que este año se ha empeñado en vestirse de otoño gris, de hoja en el suelo y flores que no llegan a abrir. Probablemente escalaré colinas más espectaculares que las tuyas. Subiré montañas, descubriré paisajes desde otros rascacielos, descenderé a infiernos de agua de pasión, de leche y miel, de besos y caricias calientes por hacer, y tú probablemente seguirás con tu quiero y no puedo, con tu te quiero, pero lo siento.

Y aquí me seguiré quedando, a llorar mis lágrimas de piedra, jugando a ser la fragilidad de un cristal recién soplado. Aquí me quedaré soñando con que estoy olvidando el veneno de unos besos que me robaron algo más que mi dignidad. Se llevaron mi verdad. Y aquí seguiré soñando, mientras siga ahogando mis deseos en whisky tiñendo de ocre una copa de cristal, con el hielo deshecho y el pasado por lamentar, por el aliento del último suspiro que me queda por dar.

Maldigo la hora en que tus agujas en punto me clavaste. Inesperada llegaste, en secreto te alineaste, y a voces te marchaste, dejándome en los labios tatuados la palabra adiós. Contigo pagué todas las deudas pendientes de amor. Tú vengaste al resto de mis amantes de ocasión, robaste mi falta de sinceridad, y destapaste mi escaso compromiso, mientras la ironía saltaba de edificio en edificio. Entonces el frío se apoderó de mis brazos y de ese sentimiento donde antes guardaba el alma. El verano se olvidó el calor y el Sol me dio la espalda para marcharse en silencio y con calma, para alejarse sin decir adiós y dejando sin hacer la cama. Te llevaste la razón a cero por ciento de interés. Te llevaste el corazón no olvides devolvermelo arreglado antes de final de mes.

sábado, 13 de abril de 2013

Que

Que una postal se convierta
en una declaración de amor.
Que una piedra inerte
se transforme en la más hermosa flor.
Que las palabras más tristes
se vistan de balada en esta habitación.

Que se le olvide el "de" a desesepero
y lo cambiemos por "sin más te espero".
Que me muero llegue siempre
más tarde que un te quiero.
Que sentir no entienda de recortes
ni nos gobiernen amores austeros.

Que nadie a veces es
la mayor multitud que puede ser.
Que cuando todo crees tener,
estás solo y sin nadie a quien querer.
Que protejamos a quien no tiene que comer
en lugar de al que más tiene que perder.

Que parecer no es lo mismo que aparentar,
y con aparentar se nos olvida demostrar.
Que nadie gaste en vísperas de guardar
y que guardar no sea sinónimo de no prestar.
Que callarse no sea un acto de cobardía
y ser cobarde no sea un adjetivo general.

Que los finales más tristes
son los que acaban sin esperar el adiós.
Que las lágrimas arden rápido
si prendes con fuego la emoción.
Que si algo duele con el tiempo
son las cicatrices que deja el desamor.

Que los ojos sean fuentes de luz
si seguir callados nos vuelve a apagar.
Que nadie nos imponga el paso
del pie con que debemos caminar.
Que las manos queden vacías de generosidad
y no volvamos a abrirlas para pedir paz.

Que las sonrisas sean el mejor vestido
que con nuestros sentimientos podamos combinar.
Que el optimismo es la mejor aptitud,
que la actitud sea nuestra sombra a contraluz.
Que mis reyes viajen dentro de mi corazón
aunque mi sangre no se tiña de azul.

Que yo siga siendo yo y tú sigas siendo tú.

Duerme pequeña

Duerme pequeña, duerme
que la luna vigila tus sueños
y desde allí arriba
somos seres ingenuos
y se nos ve como almas que corren
por nuestro paraíso pequeño.

Duerme pequeña, duerme
que nadie conciliara el sueño
si sigues dando luz al mundo
con los pequeños luceros rasgados.
Duerme pequeña porque
aun no me fui, sigo a tu lado.

Duerme pequeña, duerme
que mañana seguiré de frente,
en pos de tu mirada,
alcanzaré un rayo de Sol
porque aunque sea en silencio
correré la cortina de la madrugada.

Duerme pequeña, duerme
porque mientras sueñas de noche,
yo engarzo estrellas y lunas
para colgarte un diamante,
como los que los caballeros andantes
regalaban a sus Dulcineas,
a sus mitades amantes.

Duerme pequeña, duerme
que vigilo tus ilusiones,
para que al despertar,
permanezcan intactas
las primeras emociones,
las letras de nuestras canciones.

Duerme pequeña, duerme,
prometo no despertarte con mis voces,
si me voy seguiré vigilando tu noche,
seguiré viajando contigo
sentado disfrazado de recuerdo
en el asiento de atrás del coche.

Duerme pequeña, duerme
porque si vienen demonios feroces
me dejaré el alma para que no te miren,
porque no quiero que se enamoren de ti,
porque prefiero que conmigo se enojen,

entonces mis lágrimas caerán del cielo
y despertarás cuando te mojen.

sábado, 23 de marzo de 2013

Tiempo de Tango



Me asomé a mi ventanal y allá afuera, a lo lejos, era ella. Venía hacia mi cristalera, ella, mujer de curvas infinitas e incontables, vértigo de amanecer compartiendo el mismo colchón, las mismas ilusiones y los mismos sueños. A su lado izquierdo y de la mano, mis dudas, mis miedos, mis propósitos e intenciones, mis males de amores y mi falta de cojones. Así su caminar certero como un tiro en la sien y a quemarropa se dirigía imparable hacia mi cristalera. Mi pantalla panorámica por la que veía pasar los días, uno tras otro, y las vidas, todas las vidas, menos la mía. Desde esta ventana he visto crecer a la niña del portal de enfrente, la he visto jugar en el quicio de la puerta con sus dos muñecas, años más tarde la he visto llegar de la mano de varios chavales, a veces uno distinto cada noche. También la he visto salir de blanco del portal, con las lágrimas de su padre, apretadas en los puños, y ahora la veo empujando un carro, con otra historia, otra vida, otra niña. Quizá mañana la vea salir de la mano de su abuelo. Y así transcurren los días, en este tránsfuga vidrio, en esta pantalla que no deja de emitir en dieciséis novenos, en un formato panorámico y con el surround con el que las emociones nos golpea en los oídos.

En la calle los meteoritos de mis sentimientos caían uno tras otro pero no conseguían alcanzar a nadie, hasta que pasó ella, entonces mi techo salió ardiendo, y se prendió la chimenea de mi salón. El humo no me dejaba pensar con claridad, la temperatura ascendía a medida que ella se aproximaba y al mismo tiempo transcurrían, tus pasos delante mía mientras que la sangre de mi corazón escurría y mis dudas seguían creciendo, se hacían más y más grandes. Normalmente todo pasa por algo, las casualidades son menos casualidades cuando encontramos las coincidencias, y estaba seguro que algo cambiaría. No sé si sería ella pero una vez pasó por delante y marchó a lo lejos, me decidí a que todo fuera definitivamente diferente. Quizás esa fuese la última oportunidad para encontrarte, quizás hoy ya fuera tarde y fuese una última oportunidad tirada para robar la sombra de ojos azabache del verde esmeralda de su mirada.

Así día tras día, así cada una menos cuarto de la mañana. Así paseaban ella y su bolso colgado de deseos por cumplir, llenos de hombres que aman en silencio su silueta, hombres que como yo habían quedando prendidos del pelo y del perfume de aquella joven de la que jamás conocería su nombre. A veces miraba de reojo al interior de mi cristalera, otras veces era ella quien, coqueta y al pasar por delante miraba su propio reflejo. No me extraña nada. Si yo fuera ella, no dudaría nunca en ir perfecta. La palabra belleza cobra su verdadera dimensión en su persona.

Y así, mientras enlazaba un paso con otro, seguidos, sin detenerse un segundo a mirar a su flanco izquierdo, otros quedábamos hipnotizados por el resonar de tus tacones que se acompasaba con mi corazón cuando la veía venir, decidida a lo lejos. Mientras tanto su cercanía, su presencia aceleraba mi pulso e inyectaba de sangre mis ojos, para clavarse inevitablemente en la obra de arte de su silueta, las más perfectas proporciones. Cuatro segundos y diez metros dan para mucho, y bajo esas circunstancias también da para conquistar un par de corazones y enamorarse. Parece fácil pero no lo es, se acerca más a lo absurdo.

Tanto tiempo y tanta distancia, un cristal y tres baldosas son millones de kilómetros cuando no se alcanzan las palabras y a mi no me llegan a la boca para decir lo que siento. Han sido muchos días. Daba igual si había Sol o llovía, daba igual el frío o el calor. Todo eso era en vano, porque allá, afuera estaba ella, y a mi con eso me valía para ser feliz. Su piel sedosa vestía un colorido vestido, y el viento celoso se agarraba a su perfume con las manos para mandármelo dentro de la próxima carta que debía recoger de mi buzón para cuando se alejase. Prefería no molestarte al pasar por delante. Prefería desde dentro, sentado sobre mis miedos, contemplarte. Esas cartas que salía a recoger recién pasaba por delante eran las facturas que debía pagar por las ocasiones perdidas, por las veces que la he contemplado sin decir nada, en silencio, observándola como un cuadro abstracto colgado de una pared. Nunca las pagué. Veremos cuanto tiempo pasa hasta que el desahucio llegue a mi corazón.

Pasaron más días, quien sabe si durante meses o durante años. Una de las cosas que nos devuelve la rutina obligatoriamente es perdernos en el tiempo, vagando entre la indiferencia y los golpes del segundero al caer uno tras otro, apresurados, las sesenta fracciones de un minuto, para olvidarse del ayer, del hoy, del mañana. A veces la rutina es más peligrosa que un bombardeo al Sol, sin más intención que hacer daño, pero normalmente tendemos a acomodarnos, y a ser víctimas de nuestros propios atentados. Nos auto compadecemos de nuestros errores y nos flagelamos con la tristeza.

Entonces algo se quebró, algo desordenó nuestro orden natural. De mi viejo tocadiscos salió un triste y amargo tango. Cada vez que escucho a Gardel, con su voz a centímetros de romperme el alma, recuerdo la frase que mi abuelo repetía una y otra vez al comenzar a sonar el cuatro por cuatro de Caminito. El Viejo, como le llamábamos cariñosamente, no se cansaba de repetirme - ¿Acaso hay algo más sensual que un tango? – Me decía mientras acercaba la aguja a un gastado disco en su gramola de madera y latón. Nostálgico se acomodaba sus gafas en la cara, y agarrándose el corazón con la mano mientras los recuerdos se le agolpaban en los ojos en forma de lágrima que a duras pena conseguía retener y me aconsejaba sabio con un marcado acento porteño. - Un hombre y una mujer que se funden en uno como lo hace la copa con el vino antes de saciar nuestra sed. ¡Pibe! Aún tenés mucho que aprender, pero cuando vos te enamorés no servirá de nada todo lo que te aprendiste. El corazón es un jodido que se empeña en hacernos sufrir, nos hace volar como las gaviotas hasta que el tiempo nos pone en el suelo. El Viejo había pasado mucho, y entre aquellas historias se encuentra un exilio a Argentina que le dejó de regalo la entonación y ese aire añejo de un tiempo pasado mejor y que el tiempo se llevó como se lleva la vida.

Inevitables mis sentidos se encendieron. Nos imaginé en mi despacho, rígidos, intensos. Solos, con nuestras miradas cruzándose. Su vestido largo azul, lentejuelas y tacón de aguja. Yo enfundado en un traje de riguroso negro, con mi camisa blanca y mi corbata. Ni una arruga. Un pitillo en mi mano, y una mirada a lo Humphrey Bogart, mientras el humo que sale de mi boca se enrosca en el sombrero de mi cabeza. Esa mística debía alcanzar tanta intensidad, tanta energía como para alimentar las farolas de toda una ciudad como Buenos Aires. Su mano se posó en mi espalda y mi mirada se clavó en su cristalino. Un, dos, tres, cuatro. La agarré fuertemente para que no se marchase jamás, ya estaba conmigo. Giramos un par de veces y su pierna se arqueó dibujando una infernal silueta en el aire. Su perfume se había impregnado en todas las paredes de la estancia.

El tempo desapareció complicado, la aguja no dejaba de zumbar el fin del vinilo para llamar mi atención y mi sueño se diluyó como una pizca de sal en el agua y me desperté de golpe. El mareo era producto del vértigo más que del sentimiento. Ella había desaparecido calle abajo, siguiendo su caminito, rumbo a ninguna parte. En busca de la ciudad donde todo vuelve a empezar, en busca de una oportunidad. Y yo seguía allí, de pie, siendo testigo de mi propia historia. Dueño de una fantasía que no sabía como continuar, esclavo de una estrella que a pesar de apagarse hace mucho tiempo, sigue empeñada en intentar iluminar.

La vida siguió pasando igual, un día tras otro, y así pasaron más semanas y meses. Los árboles se desnudaron al menos una vez, también se vistieron, pero no recuerdo el color de sus pieles. Ahí llegaba ella a lo lejos. La misma rutina de taconeo, acompasamiento, latidos y perfumes al viento. Entonces, entre las paredes de aquella oficina donde el guión de mis rutinas transcurre, donde pasa el día sin novedad, mi reloj de pared se decidió a darme una oportunidad. Se había cansado de viajar hacia delante y caprichoso se detuvo en el preciso instante en que tú ibas a pasar. En ese instante todo se congeló, aunque en la calle hubiese no menos de veintiséis grados.

Todo se quedó quieto. Todo el mundo se detuvo menos yo. Las gotas de las hojas de aquella maceta que acababa de regar se quedaron pendientes del aire. No me percaté de la situación hasta pasado tres segundos.- Se ha detenido.- pensé. Entonces esperé que su cabeza girase y me mirase, que me guiñase un ojo, o me lanzase un beso. Pero nada de eso ocurrió. Entonces decidí pasar a la acción protegido por el tiempo y crucé la puerta.

Salí a la calle. Corrí, sabe Dios si corrí. Estoy más que convencido de batir récords del mundo en aquel instante, apenas el reloj se movió, y yo llegué frente a ella. Allí me postré delante. Me sumergí en su cristalino verde y desvergonzado por el favor del tiempo y la inconsciencia de las almas, acaricié sus sedosas mejillas. Era de verdad, me dije. Tomé su mano. La besé caballero. Y me volví adentro. Descolgué el reloj de pared y cambie las pilas. No quise tentar mi suerte a la primera de cambio, y la dejé correr. En ese instante, y por si no me había dado cuenta, afirmé que estaba enamorado de ella. Profundamente.

Y así volvieron a pasar los días, otra vez más, pero para entonces ya había descubierto donde se escondía el tesoro, y como conquistar el secreto del tiempo para robar el secreto de tu misticismo. El ciclo de vida de aquel reloj volvía a tocar su final, yo lo sabía, y estaba atento. Entonces de un día a otro volvió a ocurrir. Afuera llovía y parecía que las gotas de lluvias parecían dibujar una cortina de perlas. A lo lejos, como siempre tú, tus tacones, tu bolso y dentro al fondo, guardadas mis emociones. Salí a la calle y osado recorrí los metros para alcanzarte sin usar el paraguas. Decidí dejarme de caballerías y te besé en los labios. Acaricié tu húmedo cabello y tu perfume me hechizó.

Era el día para decir lo que me estaba ocurriendo. Estaba decidido a hacerlo. Lo había ensayado delante del espejo de mi cuarto de baño mil veces. Pero como te lo diría si no sabía más de ella que su rutina a la una menos cuarto. Si no sabía nada más que era preciosa. Como hacerlo. Entonces empecé a notar que mi pelo se humedecía y seguía besándola. Fue reciproco, al menos durante tres segundos. Ese fue el tiempo que tardó en darse cuenta, y yo en acordarme de aquel maldito reloj. Volvían a caer incesantes los segundos. Ella me empujó de golpe. -¿Qué haces me gritó? ¿Qué te has creído? – Esas palabras las acompañó con una bofetada directa a mi mejilla izquierda. Caí al suelo derrotado, y ella siguió su camino. Se alejó sin mirar atrás. El viento volvió a agarrar su perfume para volverlo a dejar en mi buzón. Yo lo vi en primera persona. Esa vez era el anfitrión.

Allí quedé durante algunos instantes. El agua caía sobre mi, y el asfalto llenaba de brea mis manos y mi cara, mientras maldecía mi mala suerte. Maldije el tiempo, y sus segundos. Entonces recordé de nuevo las palabras de El Viejo “… hasta que el tiempo nos pone en el suelo”. A duras penas me levante, y volví a mi despachó. Crucé la puerta y me fui directo a aquella maquina que presidía la entrada. Aceleré el pasó y golpeé con mi cabeza en el centro del reloj. Mientras mi frente comenzaba a sangrar, lo pateé, como lo había hecho el desatino y el destino conmigo. De una patada lo lancé a la calle. No lo quería volver allí.

Me puse las palmas de mis manos en la frente, me restregué la sangre. Una mezcla rojiza y negra se confundía con el agua de lluvia. Entonces una sedosa voz de mujer a lo lejos. - Esto es tuyo, ¿verdad? – Levanté la mirada desde el fondo de la oficina. Todo estaba a contraluz, pero aquella voz, me había destrozado los sentimientos. El corazón se detuvo una vez más, y El Viejo volvió a hacerme recordar una de las suyas “¡Pibe! Aún tenés mucho que aprender, pero cuando vos te enamorés no servirá de nada todo lo que aprendiste…”. El tocadiscos volvió a prenderse y su aguja hilvanó los acordes de aquel tango llamado Volver. Normalmente todo pasa por algo, pero las casualidades son menos casualidades cuando encontramos las coincidencias.

lunes, 18 de marzo de 2013

A



A mi silencio le faltó tu aire,
y a ti te faltaron las ganas y el coraje
para decirme a la cara
que alguna vez me amaste.

A tus acciones le sobraron palabras,
y a los te quiero le faltaron intenciones,
porque nunca me amaste,
a pesar de pedirme explicaciones.

A tus ojos le faltaron verdades,
y a tus manos dulzura, en lugar de maldades.
A nosotros nos faltó el alma,
y al alma le sobraron falsedades.

A tu piel le salieron yagas y al corazón
se le escaparon dos versos incompletos
antes de irse a la cama,
porque aún soy yo quien te ama.

A tus bondad le sobró buena intención,
y a tus gestos, tus risas y tus besos,
le faltó una gotita de sal, un regusto de sabor,
le faltó ser menos frío a pesar de tanto calor.

A tu cuerpo le faltaron las caricias,
y a tu boca, bocanadas de aire,
y trazar curvas que dibujen sonrisas
para coronar a la reina de este baile.

A tus sueños le sobraron noches,
y a mi me sobraran prendas de ropa,
igual me desvanecí en reproches
mientras caminé con miedo a popa.

A tus fotos le faltaron luces,
y a mis sentimientos le salieron estigmas
por estar colgado en tus cruces
por darme una vez más de bruces.

Escapemos juntos...



Escapemos juntos. Vente conmigo, lejos…

No sé si será mejor o peor, pero prometo cuidarte, velar por tus sueños mientras duermes. Vivir lo que tengamos que vivir. Ser uno, ser tuyo, íntegramente tuyo. Seremos la luz que se cuela por la persiana al amanecer, seremos ese hilo de aire que se escapa tras un suspiro, seremos agua corriendo sin cesar hacia el mar igual que nosotros nos encaminamos a cientos de finales desembocando en tantas verdades que nos duelen, uniéndonos inconscientes a las realidades, a las vidas que se impregnan de nosotros y se atan a nuestros recuerdos haciéndonos imposible llegar a tiempo, impidiendo que nos enamoremos a tiempo, y dejándolo todo abocado a las puertas del cielo, cuando San Pedro nos diga que descendamos los peldaños por los que hemos subido por infringir las sumisas reglas de la sociedad que nos enmarca, que nos encuadra, que nos apunta, que nos dispara para manchar con nuestras sangre inocente los lienzos blancos del frío suelo de mármol que tantas veces nos ha servido para erizar nuestras pieles cuando andamos descalzo sobre él. Seremos hijos del infierno sin propiedades, sin adjetivos. Pero seremos luz porque seremos nosotros mismos, mientras ellos serán espectros.

Escapemos juntos. Vente conmigo, lejos…

No sé si será mejor o peor, pero prometo cuidarte, darte el aire que te haga falta para respirar. Soltar la soga que él puso alrededor de tu cuello, asfixiándote, ahogándote, dejándote sin respiración, lavándote la cara con tus lágrimas para escribir en el suelo los versos mas tristes que se puedan escribir con el maquillaje que se desprende de tu cara sobre el cuaderno blanco de los sentimientos que él ha ido borrando por no saber más que traerte dolor y daño, perfumándote en odio y rencor, arrancándote de un mordisco el corazón, dejándote sola y en silencio, a la deriva del viento que te trajo a mi, al son de los tambores que retumban en mi interior. Sigamos juntos, caminemos hacia el futuro, sin recoger el pasado. Nos iremos dejando las deudas pendientes, y las cuentas sin pagar. Haciendo borrón y cuenta nueva en esto que algunos se empeñan en llamar amar, en esta cuestión, que mas que interrogación es exclamación, en un sujeto indirecto soy pasivo de admiración. El tesoro está en la profundidad de tus ojos, en el fondo de tu personalidad, entre brumas y sombras que se agotan al salir el Sol. La llave la llevas guardada en el corazón.

Escapemos juntos. Vente conmigo, lejos…

No sé si será mejor o peor, pero prometo cuidarte, descansarás tranquila, de noche, buscaremos inauditos paisajes a pie, aparcaremos vivir subidos a la velocidad de un lujoso coche. Seremos transeúntes. Seremos dos locos, dándoles igual lo que se pregunten, porque nuestros besos estarán delante para aquellos que nos juzguen. El viaje prometo que será largo y las intenciones las mejores, y el cielo se cubrirá de telas de mil colores, para que la alegría nos despierte con el aroma de las flores. Seremos diferentes. Seremos tú y yo, y el, y ellos se removerán en su sofá de arenas movedizas hundiéndose, sumergiéndose. Prometo salvarlos antes de que se ahoguen, pero es que antes tengo que hacerte feliz. Tú eres lo importante, tú eres lo más grande. Tú eres mi estrella errante, la persona que se esconde detrás de cualquier sombra de un gigante. Seremos aire, para que respiren los que quisieron asfixiarnos. Se ahogaran de tanto como seremos porque a pesar de todo seremos inmortales, seremos amantes de galaxias siderales, seremos leyes fundamentales. Dibujaremos corazones con las estrellas, y que nos admiren como admiraron a la mujer más bella. Devoraremos misterios para coronarte reina, mi dueña.

Escapemos juntos. Vente conmigo, lejos… Alcanzaremos el cielo.

jueves, 14 de marzo de 2013

Si

Si no existiera la risa,
si nos da igual un beso
que una caricia,
si para vivir necesito recomponer 

lo que se hizo trizas,
si no se va a enamorar, me avisa.

Si amarga el futuro que plantaste,
si la tierra se llevó a tu padre,
si se olvidan la palabras de madre
no malgastes el aire,
nunca sabes cuando vas a enamorarte,
ni cuando fue la ultima vez, 

ni si aún lo olvidaste.

Si soy venenoso, es mal de amor.
Si quemo al acercarme, soy calor.
Si duelen las cicatrices,
soy recuerdo sin olvidar,
seré esa canción.
Si subo a tu rojo corazón,
llévame a la senda de la emoción.

Si no vas a venir, me iré.
Si lo vas a buscar, esperaré.
Si eres una nota,
no olvides acariciar mi oido

con un te quiero alguna vez,
exponencialmente alejaremos la rutina,
imperfectos si no llegamos a diez.

Si la música no fuese arte.
la vida no sería emocionarse.
Si mi susurro nocturno
lo oyesen en marte.
Si lo nuestro no lo sintiera
no alcanzaría a mirarte.
Sin aire,¿que somos sin aire?

Si somos lo que somos,
no seremos repetidos cromos
o mas y menos completemos
el album del juego que alguna vez 

seremos quien juzguemos,
y asi sin querer, perder, lo hacemos,
igual que morimos a la vez que crecemos.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Sólo sólo soledad

Sólo sólo soledad.
Sólo sólo sin piedad...
Sólo soy sin ti,
sólo castigo infernal.

Sólo sólo soledad,
sólo elemento universal.
Sólo viento, sólo fuego,
sólo agua y claridad.

Sólo sólo soledad,
sólo estrellas fugaces,
sólo destellos ingenuos,
sólo disfraces de vulgaridad.

Sólo sólo soledad,
condenado sin condenar
a vivir del silencio,
me robaron la libertad.

Sólo sólo soledad.
Sólo un paso entre penumbras,
sólo un reino de oscuridad,
sin reyes que derrocar.

Sólo sólo soledad,
sólo noches sin luna,
sin espuma y nácar,
sin piel sedosa que besar.

Sólo sólo soledad,
sólo sólo se hizo eterno,
sólo soy un sentimiento,
sólo pero tú no estás.

Sólo sólo soledad,
sólo en noches de verano,
sólo invierno por llegar,
solos somos soledad.

Sólo sólo soledad...
Sólo se queda mi alma
sólo caminé el camino,
y sólo tengo por andar.

Sólo sólo soledad...
Sólo sólo soledad,
sólo me quede dormido,
sólo por poder soñar.

martes, 26 de febrero de 2013

A veces...

A veces del cielo y a veces de ti,
a veces soy tiempo perdido en Abril.
A veces hay agua de lluvia sin ti,
a veces hay soles que quieren salir.

A veces voy solo y camino sin mi
y a veces hay lágrimas de dulce de anís.
A veces soy mar en calma y febril,
a veces mis letras solo quieren sentir.

A veces soy tuyo, y a veces de ti.
A veces hay veces que duele vivir,
a veces, las menos, elijo morir,
a veces prefiero enamorarme de ti.


A veces del tiempo y a veces sinfín.
A veces la ilusión se escapa de mi país,
igual que a veces amámos por la rutina gris,
y a veces decimos te quiero si vemos la muerte venir.

domingo, 17 de febrero de 2013

Miradas Vacias



Hoy llegó ese día
en que tus odiosas verdades
duelen poderosamente más
que tus sinceras mentiras.
Quisiste saber lo que es la vida
a la par que descubrí
lo que por ti sentía.

Ayer tú me quisiste querer,
pero no me creí con fuerzas
y deje pasar una oportunidad
que ahora muere ahogada en la orilla,
como mueren los inmigrantes
en busca de una nueva vida.
Hoy todo aquello es pasado
repleto de frágiles palabras de papel
que ahora resuenan en el tiempo
de mis entrañas baldías.

Tus miradas se quedaron vacías,
y yo me convertí en esa sombra
que cruza por delante de la ventana de noche
y vaga en la oscuridad perdida.
En la batalla de la indiferencia,
agité mi bandera blanca, me rindo,
proclamé la lucha concluida.
Ya no queda nada entre los dos,
mi verdad se disfrazó de suicida.

La realidad es la fusta que agita mis pasos,
mi presencia es incómoda,
como piedras en un zapato.
Tu ausencia es parte de mi condena,
y la distancia es un mal trago.
Lo peor de vivir es que te utilicen
y te traten como un trapo.

Desenvaine mi espada,
navegando entre las estrellas,
las estocadas mataron los recuerdos
que por dentro me quedan de ella.
No quiero que vengas conmigo,
no eres piel, ni corazón, ni alma
y mucho menos guiarás mi camino,
porque hoy vivo al lado de la desesperanza.

Me has hecho daño y lo sabes,
y aunque olvidar duele,
más me duele la inexistencia de vida
tras mi sincero suicidio,
tras mi trágica muerte.

Sacaré un billete de ida
y viajaré a galaxias lejanas
para escaparme, para olvidarte,
para dejar de respirarte.
Buscaré sin descanso
una escalera hacia el cielo
donde la palabra odio
se cambie por te quiero.

jueves, 14 de febrero de 2013

Un pedazo de ti

Mi fragilidad pasó factura.
Todo ocurrió incoherentemente
y no supe recomponer
los pedazos rotos de mi corazón
tras el golpe mortal en la sien,
tras la ausencia de cordura.

Me quedé callado,
del lado del rincón del silencio.
Sentí los dedos de mis pies
a pesar de ser un mutilado,
sin aire, sin cielo, ahogado,
a pesar de que el tiempo me vacile
porque aunque me duela sigo enamorado

Y hoy me duele, me duele vivir,
Y hoy me duele saber que seguir
es vivir y vivir sin ser feliz
hoy me duele seguir sin ti...
Y hoy me duele saber que morir
es perder un pedazo de ti.

Mi fragilidad se volvió fractura,
mi felicidad se hizo locura,
la soledad me acompaño con premura,
tus manos y tu perfume me abandonaron
en cuanto se asomaron al atisbo
de la ansiada amargura.

Me quedé callado,
del lado del rincón apagado,
y vislumbre tu silueta volver,
curvas inalazables, silueta de ninfa amable,
ahondando en el silencio,
perfume de primavera gentil
aún espero que me hables.


Y hoy me duele, me duele vivir,
Y hoy me duele saber que seguir
es vivir y vivir sin ser feliz
hoy me duele seguir sin ti...
Y hoy me duele saber que morir
es perder un pedazo de ti.


Mañana cuando amanezca



Mañana cuando amanezca
ya no sé si habrá mañana.
Dicen los sabios que si,
que son todo conjeturas,
pero a mi me da igual
porque lo que siento por ti
es algo que no tiene cura.

Mañana cuando amanezca
que me pille dentro de tu cama.
Arropado por tus besos
y el sabor amargo del que sabe
que puede ser la última vez que ama.

Mañana cuando amanezca
que sea bien de mañana,
no me gustaría morir sin oír cantar
a los pájaros que despiertan
a los pies de mi ventana.

Mañana cuando amanezca
que el Sol alumbre mi esperanza.
Vivir y seguir viviendo,
aunque nos toque morir,
aunque no quede mañana.

Mañana cuando amanezca
que sea al ras de tu mirada
porque así dormiré tranquilo
al caer la noche espontánea
y los meteoritos en mi almohada.

Mañana cuando amanezca
que no haya noches sin lunas,
que aunque digas que todo será oscuro
y que no volveremos a ver la luz,
te encuentres en mi cama desnuda.

Mañana cuando amanezca
que no despierte de esta locura,
porque la auténtica tortura
sería vivir sin sentir por ti,
y sin tus besos arropados de dulzura.

Miedo




Igual Peter Pan volvió a por Wendy y en ese momento se dio cuenta que el tiempo pasa imparable; hoy, por mi parte, comprobé que hace años que dejamos de ser niños. Descubrí que más allá de que nuestros miedos desaparecieran y se disolviesen, ocurre justamente lo contrario y a medida que crecemos, se hacen más grandes y los vamos alimentando cuanto más los tememos. Entonces solo nos queda cerrar los ojos y bajar los brazos mientras que la tormenta pasa con toda la fuerza. Y si, si tú pregunta es si tengo miedo, mi respuesta es que si. Estoy eclipsado por el miedo frente a mis ojos. Estoy acojonado en el rincón más oscuro de mi casa, en la habitación más oscura del corazón donde nunca llega la luz ni el sentimiento. El simple hecho de pensar en haber crecido me genera un vértigo más doloroso que cualquier puñalada por la espalda.

No sé si será la parte de mis inseguridades que me "ahinan" o serán las arrugas de mi frente quienes entumecen mis neuronas. No sé si será la frustración de los objetivos incumplidos. No sé si será la astenia primaveral o la falta de amor propio y del otro, pero soy la parte de dolor en una película sin argumento. Esa parte mustia de mi que suele golpear en mi mentón deformando la sonrisa, hundiéndome los ojos, amoratándome el rostro. Si, ese soy yo y ese quizás sea el único valor que me queda. El análisis subjetivo, la autocrítica, la sinceridad conmigo mismo. Ese soy yo.

Ahí es donde todo comienza. La desconfianza que tenemos en nuestras posibilidades, infinitas por otra parte, son las que nos limitan y la que hacen que vivir sea una carrera cuesta arriba, cuando debería ser más bien lo contrario. Caminar del lado de esa persona que nos llena la fuente de la vida tendría que convertirse en obligación, y por el contrario nos empeñamos en alejarnos de ellos. Nos hicimos egoístas al mismo tiempo que solitarios, nos hicimos humo de una chimenea dejándonos llevar más por el aire que por los latidos del corazón, y así nos pasa. La desconfianza se convierte en nuestra hermana, y por muchos cuentos de príncipes y princesas que nos cuenten, terminamos por hacer de las historias agua estancada, que no corre, que no da vida, pero huele y apesta por el odio que la retroalimenta.

Ese es el ser humano, ese soy yo, lejos de vestirme de sonrisa y de disfrutar de ellas, me disfracé de mentira, de incendio, de bomba nuclear. Me hice mi propia armadura aunque después a la mínima me rasgase las vestiduras. Me olvidé de olvidar, me perdí al perdonar. Me ahogué en mi autocompasión y me hice invisible. Los espejos ya no me reflejaban, las heridas ya no sanaban, y así vivir se hace muy difícil. Sin un objetivo que alcanzar, sin una estela que surcar, sin risa la vida se muere y la indiferencia nos empieza a conquistar.

Sólo espero un gramito de tu ilusión, una pizca de tu mirada para iluminar mi mañana. Sólo espero vivir de amor, que no morir de dolor. Sólo espero que vengas, y en la mano aún conserves esa flor. Sólo espero ser el dueño de tus silencios, sólo espero ser tu sedosa voz para cantar al aire los versos de tu hermosa declaración de amor. Igual que Peter Pan volvió a por Wendy, mis sentimientos se vistieron de odio, y volvieron en busca del amor.

lunes, 28 de enero de 2013

Rojo Ferrari

Fue hace unos setecientos treinta y un días cuando la conocí. De entonces recuerdo algunas cosas. Hacía frío y como cada sábado por la noche, corrí a refugiarme a la barra de un bar. En aquella ocasión, tocó uno de los garitos de moda de la ciudad. Entré con mis amigos y buscamos una ubicación cómoda. Suele ocurrir cuando vas a un garito de nuevas que tienes que encontrar, ese sitio dónde se alinean los astros para poder sentirte como en casa, en nuestro caso nos dirigimos al fondo del local, donde apenas la luz llegaba. Todo era tenue, nos hacía sentir bien. Risas, charlas, confesiones y como siempre un vistazo alrededor para ver que mujeres nos rodean. Esto que acabo de decir sonará machista, pero los hombres somos muy básicos y necesitamos un aroma femenino cerca para que nuestra existencia cobre un sentido. Allí estaban ellas. Entre voces, bailes y sus disfraces de películas. No recuerdo de que iba cada una, no recuerdo nada a decir verdad, excepto una cosa, la recuerdo a ella. Su pelo corto, su sonrisa sincera y sus ojos brillantes que se escondían tras el mono de color crema de Los Cazafantasmas, cargada de una mochila y una pistola. Con todos estos ingredientes la noche se presentaba de lo más graciosa, y he de confesar que así fue. De fondo, como banda sonora mil canciones irreconocibles a nuestros oídos ahora mismo. El único sonido que recuerdo, su risa, su melodiosa voz. Algo iba a ocurrir, y vaya si ocurrió.

Probablemente las conversaciones que tuvimos serían de las más recurrentes, seguro que sí, aunque de todas destacó una. Me confesó, bajito y al oído, que era su cumpleaños ¡En que hora me dijo nada! En esas situaciones suelo ser bastante cabrón y me lanzo rápidamente a cantar el Cumpleaños Feliz, para que todo el mundo sepa que estamos de celebración y que sepan quien cumple años. Éramos los invitados de honor a un cumpleaños al que no habíamos sido invitados y ninguno teníamos regalo, aunque nos integramos fácilmente entre ellas. Es cosa de nuestro encanto personal. Somos buena gente, aunque ellas también tuvieron gran parte de culpa. De entre todas las chicas que estaban, había algo en ella que me llamaba poderosamente la atención. Tres copas después nos citamos en una discoteca que cerraba más tarde, y allí sin esfuerzo y con ganas de volver a verla acudí junto con mis colegas a nuestra cita. Desde luego que hemos perdido todo el romanticismo de antaño. Somos la versión 2.0 de los antiguos caballeros. Aunque ahora ya no recitamos poemas, ni rondamos tras las rejas de las casas de los padres. Ahora todo ocurre en los peores antros a las peores horas.

Dice Ismael Serrano que la noche debilita los corazones y así fue. Más copas, más jaleo, más cánticos de los temas del momento a voz en grito y el centelleo de los luceros de su cara me iluminó. Me acerqué hipnotizado por ellos. La cogí por la cintura y la miré con intensidad a los ojos. Tal fue la fuerza que me sumergí en ella, me introduje en sus recuerdos. Cuando me quise dar cuenta, la estaba besando. Sus labios me acariciaron, sus manos me tocaron, y yo descarado, agarré su trasero deseando que fuese completamente mía. Entonces no nos importó nada de lo que ocurría alrededor, solo que aquel beso se hiciese eterno y que la noche no se acabase. Por un momento sentí que se encendía la pistola de su disfraz y que me colaba a través de ella en la mochila para acabar con el resto de los fantasmas que habría cazado otras noches. No recuerdo si nos intercambiamos los teléfonos antes o después, pero lo hicimos. De nuevo nos besamos con la promesa de vernos otra vez.
  
Si algo considero que me inculcaron mis padres, son los valores y llevo toda la vida intentando respetarlos. Por ello siempre intento cumplir mis promesas, y así lo hice, llamé a su móvil. Antes, cuando era más joven, me ponía nervioso. El hecho de que no hubiese tantas nuevas tecnologías y tuvieses que llamar a una casa extraña con el riesgo de que quien iba a coger el otro auricular era el padre o la madre, aceleraba el corazón del francotirador más preciso de cualquier ejercito del mundo. Aquello era un riesgo que merecía la pena correr. Ahora todo es más fácil, y quizás hasta más frío. Recuerdo que era martes, que la noche era fría. Desde el otro lado del teléfono accedió a volver encontrarse conmigo.

Pasó el día y a medida que pasaban las horas el trabajo cada vez me importaba menos. Llegaron las ocho de la tarde si no mal recuerdo, pasé a buscarla y allí estaba ella. De entre los cubos de basura, vislumbre a una hermosa joven. Esa vez no vestía de mono, ni cargaba una mochila atrapa-fantasmas donde poder esconderme en caso de que no le gustase lo que un servidor ofrecía. Esa vez estaba preciosa. Subió al coche, la besé y nos perdimos en la noche. Por aquel entonces, en la radio sonaba, un entonces desconocido Pablo Alborán, que cantaba aquello de "Solamente tú". Siempre he sido bastante melancólico, musicalmente hablando. No siento rubor al confesar aquí que de esa parte de mí ser tiene gran culpa mi madre, aunque si no me gustase a mi también no seguiría escuchando ese tipo de música. Soy melómano por naturaleza, y descubrí a los pocos minutos que ella también. Nos fuimos al típico bar tranquilo a descubrirnos un poco más. Pedimos dos refrescos, después a salieron a la palestra las conversaciones recurrentes cuando conoces a alguien una noche. Nos llenamos de tópicos y la mesa se cubrió de los "estudias o trabajas", de los "eres de aquí", del "que música te gusta". Seguimos besándonos, mimándonos las pieles, seguimos mirándonos a los ojos. Y así fueron pasando los días. Mensajes, llamadas, encuentros, más copas y más nosotros.

De repente, una mañana sentí un crujido de corazón. Algo no andaba bien, y todo empezó a ir al revés. Se había soltado la correa del motor y no podía seguir avanzando. Seré sincero. Primero porque quiero, después porque se lo debo y porque si alguien se merece leer la verdad de las cosas son ustedes. De nada sirve tener engañado al lector porque tarde o temprano todos nos quitamos las caretas y descubrimos la verdad de nuestras miserias. Un servidor había pasado por una truculenta historia que había dejado hecho trizas cualquier organismo vivo de ese pequeño lugar donde se guardan los sentimientos. Mi corazón estaba herido, casi de muerte y sus latidos eran inciertos. No sé si conocéis la sensación de caminar en el filo del precipicio, sin cuerda y mirando hacía abajo, para engordar aún más si cabe el estado vertiginoso. Aquello fue precisamente lo que me pasó. Me empezó a doler el músculo y viejas heridas se reabrieron. A ellas asaltaron las dudas como los piratas saltan a los barcos en busca de tesoros.
 
Era sábado de un mes de Febrero, las cuatro de la tarde, el cielo se teñía de gris y apenas había pasado un mes desde que la conocí. Emulándola en aquella noche en que la vi por primera vez, me disfracé con el traje más triste que un hombre se puede poner, el de bastardo y cobarde. La dejé un mensaje y un poema para olvidar. No fui capaz de decírselo a los ojos. No tuve cojones. Siento que pagó una deuda que no era la suya. Hoy me arrepiento de aquello. Solo espero que con la distancia y el tiempo me haya perdonado. Agaché la cabeza en mi agujero y dejé que la tormenta pasase. Aquel poema decía algo así.


Perdóname,
pero no soy quien nació para hacerte sonreír.
Las palmas de mis manos están más frías de lo normal
y mis caricias encienden las heridas de la piel en lugar de sanar.

Perdóname, pero no encuentro las fuerzas
para levantarte cuando te caigas, mi corazón late despacio
y sus caricias me indican que quizá
no sea el momento para hacer un sentimiento eterno.

Perdóname, pero has de volar al siguiente árbol
y yo debo quedarme aquí, sereno...
Mis alas no tienen la fuerza suficiente para guiarte en este recorrido.
No quiero manchar el blancor de tu alma.
No quiero hacerte daño, eres quien menos lo merece.
Mi corazón es pequeño y tú
eres un gigante que no conseguiré alcanzar
ni en el mejor de mis sueños.

Perdóname, porque tu tiempo
es tan valioso como el mayor de los tesoros
y yo no valgo ni tan siquiera
el candado que lo encierra dentro de ese hermoso cofre.

Mi lugar no está entre tus rubíes ni tus diamantes sin pulir,
y mucho menos entre las riquezas que se encuentran alrededor de ti.
Mi destino es tan sólo vivir y el tuyo es encontrar alguien
que te entregue su mejor sonrisa y que esté dispuesto a hacerte feliz.

 
            Algo parecía que se moría en mi interior, y no estaba dispuesto a arrastrarla conmigo. Durante aquel mes de idas y venidas, había algo que me había demostrado y era que se merecía todo, que aún hoy se merece lo mejor que la vida puede deparar a un humano. De lo que estoy seguro es que un corazón dolido no sería lo mejor para ella. No imagino su rostro, pero estoy convencido que su corazón comenzó a latir aceleradamente, y que sintió un pequeño pinchazo similar al de una espina en la yema de las manos cuando robamos una rosa. Posiblemente una lágrima. No la veo llorando por fuera, pero por dentro el corazón se humedeció del cristalino de sus ojos seguro. El sueño se desvaneció, la noche se apoderó de todo. Aún retumban los ecos de mis pensamientos. Lo siento.

            Pasaron los días imprecisos, y nos olvidamos uno de otro. Algún mensaje recurrente, un "Hola, ¿Qué tal?", otro "A ver si quedamos", y el típico "Nos debemos una copa". Nada. Antes dije que intento cumplir mis promesas, y así es, pero todos sabemos que hay algunas palabras que se las lleva el viento, y acaban enterradas por el tiempo. Así es y no debemos arrepentirnos y sentirnos mal por ello. Son mentiras piadosas. Alguna vez nos vimos fugazmente. Yo salía de una discoteca playera y ella bajaba de un autobús.

La casualidad quiso que nos encontrásemos a unos cuatrocientos kilómetros de donde nos conocimos. La sentí como un espectro, pero no por ella. Probablemente tuviera más que ver las copas de aquellos bares de Gandia que aquella noche tragué. La borrachera que abrazaba mi cuerpo por dentro era más propia de una posesión demoníaca que de una noche de farra hasta bien entrado el amanecer. Probablemente si aquella mañana me hubiese tirado en la playa a tomar el sol mi cuerpo habría estado ardiendo varias noches. Me agradó verla entonces, aunque tuviera la cara cansada. Seis horas de autobús en plena noche y varios días preparando finales tenían la culpa. Así pasó el verano y con él, el calor para vestir el suelo con una falda de ocres hojas de otoño, esperando a que el frío se volviera a abrazar a nuestros cuellos en invierno. Las bufandas y los guantes se hicieron parte de la piel.

            En todo ese tiempo, probablemente ambos viviésemos otras historias. Yo al menos así lo hice, no debo negarlo, sería de necios. A veces somos tan terriblemente humanos que nos seguimos sorprendiendo. Ella probablemente hiciera lo mismo. Los celibatos se hicieron para los curas y aún así ni los mensajeros de Dios en la tierra los respetan porque a menudo nos gana más el placer que la devoción. Ocurre que nos gusta más el sexo que la religión, y que habitualmente lo prohibido, lo imposible causa mas erotismo que lo legal.

Así pasaron los cuatrimestres de su carrera y ella siguió dando saltos en la misma, creciendo, dejando atrás asignaturas y exámenes aprobados. Tardes de biblioteca y cervezas al vivo ruido de la “cafeta”. Yo, por mi parte, me emancipé. Salí del cobijo que ofrece la casa de padre y madre. Abrí una nueva ventana al mundo. Entró aire fresco. Las polillas volaron y se ventiló aquella morada donde se había detenido el tiempo años atrás.

Empecé a vivir de nuevo. Nuevas ilusiones, nuevos retos, nuevos días, un sol radiante y nuevas intenciones. Mi visita al taller había surtido efecto. Me compré un corazón rojo Ferrari y se lo puse a mi pequeño seiscientos. Busqué un corazón de segunda mano para no olvidar que la vida es más compleja de lo que creemos pero más sencilla de lo que nos la hacemos. Y sí; he de decir que lo encontré. Un poco de chapa y pintura, y a lucir mis nuevos argumentos bajo los primeros rayos de luz de la primavera. Sólo esperaba una silueta femenina para lucir orgulloso mi vintage y descapotable sentimiento.

Las flores lucían hermosas en los parques. Los aromas vestían el centro de nuestra ciudad. Tanto la decoración como el atrezzo eran más propios de televisión que una ciudad viva y en movimiento. Perfecto, así era todo lo que estaba pasando en estas calles. Los días de primavera en Alcalá son obras de arte en las que los lienzos de cada uno de sus rincones nos absorben, en la que somos despistados protagonistas e ingenuos a todo lo que sucede a nuestro alrededor. Esos momentos pasan cruelmente desapercibidos por nuestros sentidos. Uno de esos días, inevitablemente se tornaron en noche, y con la noche los demonios se escapan a los infiernos, a las barras de los bares.

Todo ocurrió de manera espontánea. Un partido de fútbol, tres amigos y un jueves nocturno por delante. Descubrimos un garito, un antro escondido en uno de los rincones más hermosos de la ciudad complutense. Uno de los patios del antiguo barrio judío escondía sobre sus angostas piedras un sitio con un encanto especial. El ambiente era grato. Aquella taberna típica irlandesa sería testigo de nuevas rutinas, de nuevas historias y nuevas risas. Los jueves locos se hacían llamar para los clientes. Casualmente el tiempo, el destino, o Dios, si existe Dios, quisieron que aquel grupo de amigas que una fría noche de Enero del año anterior estaban en la discoteca de moda, también frecuentase el mismo pub. Pregunté por ella, aunque no tardaría en ocurrir que uno de aquellos innumerables jueves llegase. Así pasó, el tren volvía a la estación, aunque en ese momento no sabía si sus puertas se abrirían para invitarme a un viaje. El caso es que allí estábamos de nuevo. No sé cómo se sentiría ella, pero si sé es como me sentía yo. Feliz. Probablemente no tiene sentido, aunque así era, porque me recibió bien, y hablamos. Hablamos tanto que tuvimos que beber, y cuanto más bebíamos, nuestras lenguas más ávidamente se movían. No pude evitar acordarme del traje de caza fantasmas, ni de otras cosas de la primera vez. Nos reímos, tanto que recuerdo arcadas de tanto hacerlo; las recuerdo porque me he olvidado de más detalles por la ingesta alcohólica que cubría por dentro mi cuerpo. Cervezas, pintas, chupitos y copas. Fue un rato grato aquella noche. Nos pusimos al día. Ordenamos el año y medio de retraso que llevábamos, y cumplimos con las promesas esas que nunca se cumplen. Aunque fuera por accidente. Se fueron sucediendo los acontecimientos. Visitó mi nueva casa, nos fuimos de cañas, compartimos cumpleaños de amigos. Nos escribíamos y nos hablábamos más que antes. Nos descubrimos. La descubrí.

El caso es que puse a prueba mi nuevo corazón rojo Ferrari. Quería que todo fuese perfecto, y para ello que fuese despacio. Necesitaba una precisión de cirujano para encontrar un final feliz a este cuento. ¿Por qué me compraría el corazón más rápido si quería ir contemplando el paisaje? Será ese pequeño toque arrogante que de vez en cuando asalta mi cabeza. Así se pasó el verano. Los jueves de risa, los sábados de coincidencias. Hasta que la invité a cenar. La fecha, inolvidable. 15 de Septiembre. He de confesar que me costó convencerla, ella reticente a mi propuesta, declinó la propuesta varias veces. Yo persuasivo, no se sí la convencí, pero al menos conseguí que de su boca saliera un "sí". Los días anteriores a ese momento, de mi boca quisieron salir besos que mi fuerza de voluntad dejaron incompletos, porque sentí que no era el lugar ni el momento.

Pasé a buscarla por su casa. Irónicamente me acordé del mes de Febrero cuando la recogí allí por última vez. Que curioso es el tiempo y que graciosa la vida. Se toma la justicia por su mano. Ella bajó preciosa, al menos a mi me lo pareció. Por mi mente pasó un pensamiento del corazón: "Cuidado chaval, te estás enamorando". Ya lo dijo Sabina en "Y nos dieron las diez". Se sentó en el asiento del copiloto, y dejó que la besase, en la mejilla. Las dudas nos condujeron por las calles y tras varias minutos sobre que dirección tomar aceleré. No sabía si se merecía más una Trattoria Italiana o algo más casero cocinado por mis manos. Opté por lo segundo. Lo creí lo más cómodo para ambos. Di una vuelta completa a la rotonda y volví dirección al centro comercial más cercano. La cosa no empezó con muy buen pie cuando, como a la Cenicienta, se le rompió la sandalia que llevaba puesta, aunque esta vez no había calabaza y carroza. Siempre me han gustado los cuentos de princesas y príncipes, siempre soñé con ser uno de ellos.

Unos pocos pasos después nos hallamos frente al mostrador de la pasta fresca dilucidando cual era la que más nos gustaba. He de reconocer que no soy un gran chef, pero la pasta se me da bien, aunque no hace falta ser un maestro para ella. El vino fue a mi elección. Todo transcurría por los cauces que debían o al menos así lo intuía. Volvimos al coche y nos dirigimos a mi piso. Eran los últimos días de verano. Las ventanas estaban abiertas y las notas de las canciones de Alejandro Sanz se escapaban por ellas buscando dormir en la cuna del cuarto menguante de luna que reinaba aquella noche.

Llegamos al garaje, y no lo voy a negar, la buscaba con los ojos, trataba de alcanzarla con las manos, mas de lo normal, tenía ganas de ella. Seguimos con nuestras infinitas conversaciones, en el ascensor. Dentro de aquel habitáculo tuve tentaciones de abalanzarme sobre sus labios y dar al Stop. Reprimí mis instintos más primarios, y pulsé el botón que debía llevarnos a mi planta. Abrí la puerta y nos pusimos rápidamente cómodos. Saque dos copas y descorché la botella de vino. Me apetecía cocinar para ella, quería que fuese especial e irrepetible. Preparamos la mesa con mimo, juntos. Encendí las velas con mi aroma favorito, vainilla. De entre muchas de nuestras conversaciones sabía que a ella también le gustaba aquel olor. Su mirada se hacía cada vez más grande. Derribaba a golpes mi corazón su forma de ser. Todo fue perfecto. Ella fue genial, aún hoy lo sigue siendo. Pasamos a los postres y de los postres al sofá con lo que quedaba de nuestras copas de vino de la cena. Prendimos la televisión y dispuse una película a su elección. No recuerdo cual era. No importaba. Hay veces que es más importante la compañía. Sólo sé que al lado estaba ella.

La noche se había comido al día y el reloj había pasado la media noche. De repente y sin pensarlo un millón de veces más, la besé. Me moría de ganas por hacerlo. Seguro que todos habéis sentido el estomago revuelto tras un beso. Seguro que sabéis de qué hablo. Quizás tengáis que remontaros a los quince años cuando recibisteis el primer beso, pero ese sentimiento tan humano, tan extraordinario, se repitió en mí. Una tormenta sin lluvia, una descarga eléctrica se acumulaba en mi corazón. El Ferrari se había acelerado, tanto que las revoluciones del motor salpicaban mi pecho y sacudían el suyo. Creo que se dio cuenta. Estoy seguro.

Mi sofá fue testigo de todo aquello, mientras nos besábamos, nos acariciábamos. Aquellas cuatro paredes supieron guardar el silencio de admiración que se merecen las grandes historias. Aquella lo era. Seguimos bebiéndonos la noche. Nos colmamos de besos. Me hubiese encantado que se quedase a dormir. Hubiese sido la culminación de la historia más bonita del mundo. Despertar junto a ella. Pero Dios y sus padres no lo dispusieron así. Hasta eso me pareció perfecto, porque demuestra unos valores excepcionales y la personalidad que, hoy por desgracia ya no se encuentra. La llevé a casa, y la despedí con un beso. Mientras volví a casa, saqué la cabeza por la ventanilla y grité. Lo sentí perfecto. Dormí hasta que me dolían los huesos de estar tumbado en la cama. Confieso que durante el día siguiente me asaltaron las dudas. No sabía si había sido buena idea. Llegué a creer que todo era un error, pero el tiempo pasó. Nos alejamos ligeramente. Quizá por miedo o por vergüenza, además yo marché a una de mis aventuras, aunque esto suene a escusa barata.

Me puse en ruta. Camino a Santiago. Mi peregrinaje tiene un alto porcentaje de superación personal y espiritual, y otro tanto de encuentro conmigo mismo. Necesitaba poner tierra de por medio. La prometí un regalo a la vuelta. Pero el regalo me lo hizo el corazón a mí. La echaba de menos, la añoraba. Cada momento en silencio, cada noche la recordaba, buscaba en mi móvil alguna de sus fotos. Me quedé con una en la que yo la abrazo por detrás y mientras ella está sentada en el suelo, y yo salgo poniendo caras. Siempre he sido muy pavo para las fotografías con la gente que me importa. Me gusta hacer sonreír y el típico chascarrillo que con el tiempo la gente hace de "Siempre estás haciendo el tonto". La noche me enseñaba la paz y el encuentro con un “yo” que necesito de cuando en cuando encontrar. Me sentaba en la puerta del albergue a contemplar el paisaje, a imaginarme sentado a su lado. Pensar en ella me daba ese puntito de fuerza que necesitaba para seguir mi sendero. Indudablemente aparecieron más y más versos para recordarte, desde allí te coroné princesa de mi reino. En uno de mis pensamientos te nombré Princesa de Septiembre. De aquellos momentos salió una reflexión.

 "Hay princesas que aparecen en Septiembre, vestidas de niebla y de abrazo, de mujer de sonrisa florecida cuando el otoño se empeña en ponerte el vestido ocre, cuando el silencio del frío empieza a comerle terreno al ruidoso verano. Tu sonrisa iluminará los días cortos de luz, mientras que yo te contemplaré desde la distancia esperando a que la noche no caiga eternamente. El brillo de tus ojos centelleará más que las estrellas y la Luna saldrá insomne y volátil a buscarte. Yo intentaré sujetarte; me gustaría pedirte que te quedases aquí, conmigo a mi lado, en la misma baldosa de vida y respirar la misma molécula de oxígeno que tú.

Pero mis dudas me asaltaran y se cubrirán de ligeros parpadeos entre el si y el no, entre el cielo y la tierra. Me gustaría que te quedases aquí, conmigo, porque aquella noche en que te vi, una runa se colocó de forma que me dibujó el futuro y allí pude verme contigo, entre jardines de rosas frescas, entre aromas de azahar, conquistando distintas ciudades y países, subiendo a la Torre Eiffel, y desde allí divisar a todos aquellos que un día nos robaron la alegría.

Nuestras carcajadas serán la banda sonora de un telefilme que acabará con una inmensa lluvia de pétalos sobre ti, y con el Sol entregado a todo aquello que soñé algún día y por supuesto a tus siluetas que será el mapa que dibujará el camino que debemos andar. Seremos fieles al norte e insensatos con el sur; seremos sonrisas con lágrimas porque al fin somos aire y yo quiero cruzar volando contigo el cielo azul."

Y como todo se acaba, a mi me tocó volver a casa. Alrededor, una idea. Confesarme ante ella, ser sincero conmigo mismo. Tres veranos antes me prometí serlo siempre, y debía cumplirlo. La llamé y quedamos. Debía darle los presentes que le traje de mi aventura. Debía darle algo más de lo que se escondía bajo mi armadura. La tarde transcurrió como si nada. Todo era normal, éramos ella y yo. Los mismos de siempre. La fui a buscar, esta vez caminando. Allí estaba en el parque con sus sobrinos correteando y con su madre haciendo de abuela. Se la veía tan hermosa. Tan entregada a la causa que juro que me dio pena llevármela de allí.

Paso a paso, caminamos hacia el centro de Alcalá. Nos tomamos algo, y de repente algo me empujó de nuevo. La besé. Mentiría si dijese que no lo tenía preparado. Mentiría si no dijese que lo había soñado. En ese momento conté lo que me estaba pasando por dentro, sin muchos rodeos. Como otros días y otros besos, mi confesión se hizo fuera de lugar y de momento. Palideció. Dejé de ser yo para convertirme en un fantasma. En ese momento esperé que de su bolso sacase la pistola y que me disparase su rayo láser para absorberme a su mochila y de ahí al contenedor de espectros. Entonces me sentí la nota del compás sonando a contratiempo. En ese momento me di cuenta que otra vez más no volvía a ser nuestro momento, y que esta vez era yo quien se debía comer el sentimiento. Mi Ferrari gripó en la segunda aceleración. Si en ese instante hubiese tenido un muro contra el que estrellarme, sin dudar lo habría hecho, porque aunque había vendido mi antiguo corazón, la matricula de mi viejo seiscientos seguía siendo la misma, y el conductor igual de ingenuo que antaño.

De nuevo el calor del verano dejó pasar al ocre de las hojas del otoño, y al frío en las manos que impiden que toque con ritmo el tambor del amor. Para mi desgracia, todo pasó y todo quedó en aquel sofá de mi nuevo salón. Para mi condena aún hoy su perfume de Emporio me besa sin ella entre los cojines de mi imaginación, elevándome a las nubes en aquel chaise-longue. Todo pasa por alguna fuerza desconocida, porque el destino es el único que conoce la razón. Ahora cada tarde, me siento en el andén, en el banco junto a Penélope, esperando a que llegue el próximo tren, en silencio y regalando la amistad más sincera que se puede tener, aunque hoy sea a mí a quien le toque perder. Tengo tantas historias guardadas, tantas cajas de sentimientos para guardar, que espero que la vida me sepa algún día recompensar. Una historia de amor, pero esta por lo menos acaba en la amistad mas sincera que se puede mostrar.

Para todos aquellos que os preguntáis como continuará la historia, os diré que no sé que va a pasar. Pero si sé que ella, seguirá siendo ella y que aunque el corazón no quiera que estemos juntos, le regalaré cada vez que me lo pida, un pellizco de amistad. Se ha convertido en alguien especial. No sé si sabréis a que me refiero, pero es esa persona que sabes que no quieres perder de tu lado jamás. Quizá algún día me atreva a continuar esta historia. Quizá mi corazón Rojo Ferrari se vuelva a acelerar. Quien sabe si algún día nos volveremos a encontrar.

El camino de la Franqueza

 Cazadores de rayos. Vendedores de hipocresía. Desde la primera mirada honesta la mano que te tendieron vendías. Envuelves con lazos rojos l...